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Un día en Londres me tocó trabajar sirviendo cervezas en un campo de rugby. Inglaterra, rugby, cerveza... sí, fué un día muy ajetreado. Se acercó un chaval que debía rondar los doce años y me pidió dos pintas. Compungido por no poder haber comprado las cervezas, el niño se fué cabizbajo hasta unos metros más atrás donde le esperaba su padre que, al reencontrarse con él, agitó la mano en la cabeza de su hijo como diciendo: "no te preocupes, lo has hecho muy bien" sin conseguir que el chaval levantara su mirada triste del suelo.
Acto seguido vino el padre hacia mi barra. Una barriga del tamaño de un balón de Nivea se dejaba ver por debajo de la camiseta que le quedaba algo corta. Llegó a la barra. Tragué saliva:
- Two lagers, mate.
Le pongo las dos cervezas y se va normalmente dándole una de esas pintas de medio litro a su hijo que levanta su redonda cabeza rosada mirando a su padre. Casi puedo ver las lágrimas en sus ojos mientras le dedica la mejor de sus sonrisas dando el primer sorbo.
Salgo del flashback que me ha producido esa sensación en mi garganta. Ese primer trago que me hace apretar los ojos. Aún con el vaho en el vaso y los dos dedos de espuma reglamentarios, mi garganta deja de estar seca como un cartón para encontrarse en perfecta armonía consigo misma. Por un momento ningún problema parece demasiado importante. El mundo es un lugar perfecto.
Dios santo, ahora entiendo a ese padre y a ese hijo.
Si me perdonais, voy a meter una cerveza en el congelador.
Cotidianeidad
Hace 7 horas

