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Bajando las escaleras oigo el ruido de un tren que se va. Aprieto los dientes hasta que consigo ver el marcador: 14 minutos. Unos trece minutos y medio después y con el metro entrando en la estación, veo desde mi asiento a un tío que corre sonriente al ver como, quizá la suerte de haber cogido ese semáforo en verde, o esperar un rato más hasta atarse los cordones, ha merecido la pena.
Esa gente, inevitablemente, me cae mal. Las imagino en sus casas, terminando su última partida al Mario Kart acabándose un burrito que desborda guacamole y pollo por todos lados, mientras yo tatuo a fuego los cuadrados metálicos del asiento que se hacen incómodos por momentos.
/Me gusta escribir sobre historias cotidianas. Me gusta hablar de gente que me cae mal de una forma tonta e irracional. Me gusta imaginarme que es lo que estarían haciendo esas mismas personas momentos antes de odiarlas.
Tres paradas y un transbordo interminable me espera a sabiendas de que debo tomarlo con rapidez si no quiero perder el último tren. Ando lo más rápido que puedo y mientras lo hago me pregunto dos cosas:
1) ¿Por qué tengo la sensación de que en los transbordos, andes en la dirección que andes, el viento siempre te va a dar de lleno en la cara? (entendiendo por viento esa corriente tóxica que parece venir del tubo de escape de un autobús)
2) ¿Como hace la tía de alante para andar tan increiblemente rápido?
Sigo andando y las respuestas a mis preguntas parecen esfumarse tras el hipnótico movimiento de pélvis de la prima de Usain Bolt, mientras siento que el viento transgénico está pudriendo mis lentillas.
/Me gusta preguntarme cosas incluso sin la necesidad de que tengan que tener una respuesta. Me gusta sentir que lo que en principio parece un coñazo, es en realidad una buena historia que escribir.
Sofocado por el brutal ritmo que imponía la liebre, me encuentro ya a pocos pasos del andén al que segundos antes había decidido entrar con los ojos cerrados. Siento que así voy a tener más posibilidades de que el metro llegue antes porque, cerrando los ojos con fuerza y deseando que de verdad llegue pronto, tendré muchas más posibilidades de que esto asi ocurra.
Abro los ojos: el próximo trén va a efectuar su entrada en la estación
De ninguna manera oculté mi satisfacción en la expresión, y mi cara de soy el puto amo no pasó desapercibida ni para la liebre que esperaba en el andén de enfrente a su trén que llegaría en 10 minutos, ni para aquel chico que, sentado en el asiento de pequeños cuadraditos de metal, me miraba con una cara mezcla de aburrimiento, asco, y odio. Más allá de apartar mi mirada, le devolví esta con una mueca y un levantamiento de hombros.
Estoy completamente convencido que aquel chico pudo adivinar el significado de ese gesto como un: He tenido suerte ¡pero eh!, ten por seguro que no me estaba comiendo un burrito mientras jugaba al Mario Kart.
/Me gusta sentir que algo tan absurdo como apretar los ojos con fuerza pueda significar algo. Me gusta empatizar de una forma tan brutal con alguien sin que ni siquiera me dirija la palabra. Me gusta creer que se lo que la gente piensa con solo ver su mirada. Me gusta que me gusten esas cosas y me gusta que me apetezca escribirlas.
lunes, agosto 17, 2009
miércoles, agosto 05, 2009
Aj
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A veces se lleva bien, otras quizá un poco peor y otras simplemente se te pone mal cuerpo e intentas sonreir, responder rápido y cambiar pronto de tema para que no hurguen más en tu herida.
¿Qué tal en Londres? - preguntan por ahí
Es evidente, uno se va de vacaciones y bien sabe que a la vuelta le van a preguntar. Unas veces porque les interesa y otras porque es lo que se supone que deben hacer aunque en el fondo les importe una polla. Y el hecho de que refleje mi hostilidad a la vuelta de la semana en Londres, es sin embargo una buena señal. Es señal de que todo ha sido tan increible que enfrentarme a lo de siempre me pone mal cuerpo. Y es que la cola para entrar en un avión de vuelta a casa es de las peores cosas que le puede pasar a un ser humano cuando queriendo guardar recuerdos, se encuentra con españoles muy españoles, con caras muy españolas y contando chistes muy españoles. Y sí, creo que esto ya lo había escrito alguna otra vez, pero es que en serio, duele mucho más que una sola vez.
Trafalgar Square tiene una similitud gigante con la respuesta a esta pregunta: Uno puede decir "guay" "de puta madre" o "cojonudo" que va a destilar sabor a deshonesto por los cuatro costados. No pueden usarse las mismas palabras para explicar eso que las que puedan utilizar un adolescente de La Peseta al resumir que tal ha ido su rave en Alcorcón. SIMPLEMENTE NO SE PUEDE, COJONES.
Y es que existen ciertos lugares en el mundo con los que conectas de una forma distinta. Lugares que independientemente de lo bonitos que sean, el simplemente estar cerca de ellos te hace sentir mejor. Esto me ocurre a mi con Trafalgar Square en Londres. Ya hace dos años que dejé de vivir allí y las sensaciones que sentía al ver a toda esa gente de un lado a otro en la plaza sentado en las escaleras gigantes estaban alli esperándome. Entraron en mi cuerpo en forma de pelos de punta y sentí como incluso me preguntaban: 'Oye tío, ¿donde coño estabas?'.
- ¿Qué tal Trafalgar Square?
- Joe, de puta madre
una semana después
- ¿Qué te pareció Trafalgar entonces?
- Buéhj, una mierda en realidad. De hecho, la ciudad entera no me ha gustado en absoluto
Y duele, porque algunos tienen el rincón de su barrio, el bar del cuñado o el parque aquel de los columpios, pero yo siento que tengo ese sitio que no está ni siquiera en mi ciudad y al que miles de palomas cagan cada día.
Y bueno, esto así en caliente. Igual mañana eso el blog para algo más en plan "Querido diario" y no tanto como un escupidero.
A veces se lleva bien, otras quizá un poco peor y otras simplemente se te pone mal cuerpo e intentas sonreir, responder rápido y cambiar pronto de tema para que no hurguen más en tu herida.
¿Qué tal en Londres? - preguntan por ahí
Es evidente, uno se va de vacaciones y bien sabe que a la vuelta le van a preguntar. Unas veces porque les interesa y otras porque es lo que se supone que deben hacer aunque en el fondo les importe una polla. Y el hecho de que refleje mi hostilidad a la vuelta de la semana en Londres, es sin embargo una buena señal. Es señal de que todo ha sido tan increible que enfrentarme a lo de siempre me pone mal cuerpo. Y es que la cola para entrar en un avión de vuelta a casa es de las peores cosas que le puede pasar a un ser humano cuando queriendo guardar recuerdos, se encuentra con españoles muy españoles, con caras muy españolas y contando chistes muy españoles. Y sí, creo que esto ya lo había escrito alguna otra vez, pero es que en serio, duele mucho más que una sola vez.
Trafalgar Square tiene una similitud gigante con la respuesta a esta pregunta: Uno puede decir "guay" "de puta madre" o "cojonudo" que va a destilar sabor a deshonesto por los cuatro costados. No pueden usarse las mismas palabras para explicar eso que las que puedan utilizar un adolescente de La Peseta al resumir que tal ha ido su rave en Alcorcón. SIMPLEMENTE NO SE PUEDE, COJONES.
Y es que existen ciertos lugares en el mundo con los que conectas de una forma distinta. Lugares que independientemente de lo bonitos que sean, el simplemente estar cerca de ellos te hace sentir mejor. Esto me ocurre a mi con Trafalgar Square en Londres. Ya hace dos años que dejé de vivir allí y las sensaciones que sentía al ver a toda esa gente de un lado a otro en la plaza sentado en las escaleras gigantes estaban alli esperándome. Entraron en mi cuerpo en forma de pelos de punta y sentí como incluso me preguntaban: 'Oye tío, ¿donde coño estabas?'.
- ¿Qué tal Trafalgar Square?
- Joe, de puta madre
una semana después
- ¿Qué te pareció Trafalgar entonces?
- Buéhj, una mierda en realidad. De hecho, la ciudad entera no me ha gustado en absoluto
Y duele, porque algunos tienen el rincón de su barrio, el bar del cuñado o el parque aquel de los columpios, pero yo siento que tengo ese sitio que no está ni siquiera en mi ciudad y al que miles de palomas cagan cada día.
Y bueno, esto así en caliente. Igual mañana eso el blog para algo más en plan "Querido diario" y no tanto como un escupidero.
viernes, julio 24, 2009
Curro Gil: 1984 -
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Con varias dósis de experiencia en cuanto a trastornos del sueño se refiere, uno ya sabe perfectamente que mezclar el calor, el cargo de conciencia y el cambio de biorritmos, no ayuda para nada a conciliar el sueño a horas decentes ni a hacerlo en paz cuando este llegue. Es por esto que al final ese uno ya no se escandaliza cuando ve el reloj avanzar por la madrugada sin que los párpados pesen ni un ápice, ni cuando acostarse en la cama con la luz apagada se convierte en un paripé necesario para que no quede esa cosa tan incómoda dentro de "deberías haberlo intentado".
Entonces ese uno, aprovechando la intimidad que desprende la madrugada, intenta encontrar cosas con las que sentirse cómplice sabiendo que esta potenciará esa sensación como lo haría dar un trago de agua después de correr durante 30 minutos al sol. Me puse otro capítulo de Six Feet Under (A Dos Metros Bajo Tierra) para hacer tiempo hasta encontrar esa cosa y lo curioso resultó que en el propio camino estaba la meta.
¿Esa es una serie de una familia de sepultureros, no?, me preguntaba Litos. Le respondía que sí y no mentía. De lo que me he dado cuenta es que lo verdaderamente importante de esta serie no es que sean sepultureros, sino que sean una familia. El hecho de que restauren cadaveres y dirigan una funeraria, no es más que un gancho para establecer un vínculo emocional que hace a uno sentirse parte de ella hasta unos níveles ridículos que, como te puedes imaginar, se potencian a las mil de la madrugada. Y es que pueden pasar capítulos y capítulos en los que la trama se quede estancada en una misma historia, pero acabas perdonándoselo porque de una forma extraña esa gente te importa. Esos putos locos forman parte de tu familia.
A mi me han engatusado, lo han hecho hasta el fondo, y es por eso que me encanta haberlos encontrado. Por cierto, la serie tambíén trata cosas de la muerte.
¿Y como era esto que se decía ahora? ¡Ah, si!: Un capítulo más y a dormir.
Entonces ese uno, aprovechando la intimidad que desprende la madrugada, intenta encontrar cosas con las que sentirse cómplice sabiendo que esta potenciará esa sensación como lo haría dar un trago de agua después de correr durante 30 minutos al sol. Me puse otro capítulo de Six Feet Under (A Dos Metros Bajo Tierra) para hacer tiempo hasta encontrar esa cosa y lo curioso resultó que en el propio camino estaba la meta.
¿Esa es una serie de una familia de sepultureros, no?, me preguntaba Litos. Le respondía que sí y no mentía. De lo que me he dado cuenta es que lo verdaderamente importante de esta serie no es que sean sepultureros, sino que sean una familia. El hecho de que restauren cadaveres y dirigan una funeraria, no es más que un gancho para establecer un vínculo emocional que hace a uno sentirse parte de ella hasta unos níveles ridículos que, como te puedes imaginar, se potencian a las mil de la madrugada. Y es que pueden pasar capítulos y capítulos en los que la trama se quede estancada en una misma historia, pero acabas perdonándoselo porque de una forma extraña esa gente te importa. Esos putos locos forman parte de tu familia.
A mi me han engatusado, lo han hecho hasta el fondo, y es por eso que me encanta haberlos encontrado. Por cierto, la serie tambíén trata cosas de la muerte.
¿Y como era esto que se decía ahora? ¡Ah, si!: Un capítulo más y a dormir.
viernes, julio 17, 2009
Quizá sea posible
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Una vez más el despertador suena a las 7.26. Me levanto sorprendido por la vitalidad con la que me encuentro y voy pensando en ello de camino a la cocina. Vuelvo a derramar la leche y vuelvo a culpar a las legañas.
Salgo apresurado de camino a casa de los niños. Otro día más la luz del sol vuelve a cegarme pero no me impide ver a ese chico con el que me llevo cruzando regularmente desde que empecé a cuidar a los críos. De una forma extraña siento que cruzármelo ya no forma parte de un instante, sino de un proceso necesario para que el día transcurra con normalidad. Siento que si algún día no me lo cruzara mi día estaría incompleto, no de una forma irreperable pero sí como si hubiera salido de casa sin un calcetín o si hubiera recordado que me he dejado la luz del baño encendida. Cruzamos miradas serias, ninguno de los dos dice nada y nos limitamos a seguir nuestro camino con la sensación de que la rutina necesita de ciertos hábitos.
Llego a casa de los niños, un día más me espera el padre, me comenta el menú del día y en cuestión de dos minutos se despide de mi desde la puerta mientras yo acomodo mi culo en el sofá preparado para una sobredosis de dibujos animados a la que me empiezo a acostumbrar y a identificar. Ya con Javi y Pablo en el salón empieza la maratón: Bola de Dragón, Brandy y Mr Whiskers, Fineas y Pherb, Hannah Montana... Todo se sucede uno tras otro mientras ellos leen, hacen los deberes, se visten, se lavan los dientes y hacen sus camas sin que practicamente yo diriga una sola palabra. Recuerdo como yo mismo hacía un rato y antes de cruzarme con aquel chico, había salido de casa con la cama sin hacer y siento un inevitable bochorno que se mezcla con un orgullo casi fraternal hacia esos niños, a los que inevitablemente he acabado cogiendo cariño.
Escabullirme de este tipo de cuestiones no ha sido nada sencillo y ha formado parte de un proceso tan natural como el de sentirme un anciano al darme cuenta que dos niños de 8 y 9 años no tienen consciencia de la peseta, no tienen ni puta idea de quienes son las Spice Girls o Miliki, o que ponen cara de oler un truño cuando les hablo de cierto juego de lucha llamdo Street Fighter. Y entonces, de verdad que no resultaban ostiables o repelentes según lo que has contado?, os preguntaréis.
- Curro!, no mires que me voy a cambiar ehhh... te voy a estar vigilando - me decía Javi señalando con dos dedos sus ojos y los míos
- Tranquilo hombre, no tengo especial interés
- Bueno, tampoco pasa nada, no hay nada que tu no tengas
- Eso es cierto
- Pues claro que sí - decía Pablo - una cola grande y con pelos a los lados
A la una de la tarde aprovechando el descanso mientras ellos iban a tenis y natación, compraba el pan en el indio de al lado de mi casa. Otro día más, a la misma hora, una barra. Una pistola que me esperaba ya metida en la bolsa y que me hacía sonreir al dármela sin que me dejara siquiera abrir la boca.
Se acabó el trabajillo y teniendo en cuenta los precedentes en la convivencia con niños, no ha podido ser más positivo ya no sólo por haber cobrado por ver Bola de Dragón, jugar a la Wii, bañarme en la piscina o echar unas canastas, sino también por haber conseguido que entrar en cierta rutina no me haya dado ganas de vomitar, sino que al contrario la haya aceptado con cierta esperanza.
Salgo apresurado de camino a casa de los niños. Otro día más la luz del sol vuelve a cegarme pero no me impide ver a ese chico con el que me llevo cruzando regularmente desde que empecé a cuidar a los críos. De una forma extraña siento que cruzármelo ya no forma parte de un instante, sino de un proceso necesario para que el día transcurra con normalidad. Siento que si algún día no me lo cruzara mi día estaría incompleto, no de una forma irreperable pero sí como si hubiera salido de casa sin un calcetín o si hubiera recordado que me he dejado la luz del baño encendida. Cruzamos miradas serias, ninguno de los dos dice nada y nos limitamos a seguir nuestro camino con la sensación de que la rutina necesita de ciertos hábitos.
Llego a casa de los niños, un día más me espera el padre, me comenta el menú del día y en cuestión de dos minutos se despide de mi desde la puerta mientras yo acomodo mi culo en el sofá preparado para una sobredosis de dibujos animados a la que me empiezo a acostumbrar y a identificar. Ya con Javi y Pablo en el salón empieza la maratón: Bola de Dragón, Brandy y Mr Whiskers, Fineas y Pherb, Hannah Montana... Todo se sucede uno tras otro mientras ellos leen, hacen los deberes, se visten, se lavan los dientes y hacen sus camas sin que practicamente yo diriga una sola palabra. Recuerdo como yo mismo hacía un rato y antes de cruzarme con aquel chico, había salido de casa con la cama sin hacer y siento un inevitable bochorno que se mezcla con un orgullo casi fraternal hacia esos niños, a los que inevitablemente he acabado cogiendo cariño.
Pregunta: Cuanto dura de media la eyaculación másculina - suena en un concurso de la tele.
- Curro, ¿qué es eyacular?
- Emmmm, pues...
- ¿Tiene que ver con hacer el amor?
- Bueno...
- ¿Les pasa solo a los chicos o también a las chicas?
- Creo que esto es un tema que tu padre podría explicarte perfectamente o si no tu libro de conocimiento del medio.
- Curro, ¿qué es eyacular?
- Emmmm, pues...
- ¿Tiene que ver con hacer el amor?
- Bueno...
- ¿Les pasa solo a los chicos o también a las chicas?
- Creo que esto es un tema que tu padre podría explicarte perfectamente o si no tu libro de conocimiento del medio.
Escabullirme de este tipo de cuestiones no ha sido nada sencillo y ha formado parte de un proceso tan natural como el de sentirme un anciano al darme cuenta que dos niños de 8 y 9 años no tienen consciencia de la peseta, no tienen ni puta idea de quienes son las Spice Girls o Miliki, o que ponen cara de oler un truño cuando les hablo de cierto juego de lucha llamdo Street Fighter. Y entonces, de verdad que no resultaban ostiables o repelentes según lo que has contado?, os preguntaréis.
- Curro!, no mires que me voy a cambiar ehhh... te voy a estar vigilando - me decía Javi señalando con dos dedos sus ojos y los míos
- Tranquilo hombre, no tengo especial interés
- Bueno, tampoco pasa nada, no hay nada que tu no tengas
- Eso es cierto
- Pues claro que sí - decía Pablo - una cola grande y con pelos a los lados
A la una de la tarde aprovechando el descanso mientras ellos iban a tenis y natación, compraba el pan en el indio de al lado de mi casa. Otro día más, a la misma hora, una barra. Una pistola que me esperaba ya metida en la bolsa y que me hacía sonreir al dármela sin que me dejara siquiera abrir la boca.
Se acabó el trabajillo y teniendo en cuenta los precedentes en la convivencia con niños, no ha podido ser más positivo ya no sólo por haber cobrado por ver Bola de Dragón, jugar a la Wii, bañarme en la piscina o echar unas canastas, sino también por haber conseguido que entrar en cierta rutina no me haya dado ganas de vomitar, sino que al contrario la haya aceptado con cierta esperanza.
lunes, julio 06, 2009
Beware of the kid
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Yo de pequeño era bastante tonto. Y no hablo del tonto inocentón infantil o del tonto que te suelta una chica cuando le haces un cumplido, nada de eso. Yo era tonto de cojones.Recuerdo aquella vez en que viendo un álbum de fotos antiguas en una de esas reuniones familiares, hice provocar un ataque de risa a todo el que estaba alrededor que cualquier monologuista envidiaría: "Y una pregunta... ¿cuándo dejaron las personas de ser en blanco y negro?". Eso pregunté. El tonto inocentón infantil del que hablaba hubiera preguntado algo así como: "¿Las personas eran en blanco y negro, o son las fotos las que no tenían color?", pero no fue el caso y asumir, dar por hecho que no es la tecnología la que ha cambiado a lo largo de los años sino la pigmentación de la piel de las personas de una generación a otra, me convertía automáticamente en tonto de cojones.
A veces, en mis peores días, tengo la sensación de que ese niño tonto de los cojones todavía sigue conmigo. Me deprime no ser capaz de relativizar las cosas, no entender lo que leo (será el contexto - pienso), ver a gente a mi alrededor que con menos saca más.
Otras veces, en mis mejores días, esa sensación cambia y si bien puede que no tenga el talento, me convenzo de que desde luego tengo el deseo y que al fin y al cabo eso es lo que me va a mantener a flote, porque el talento sobra, lo que hace falta son las ganas.
Intento concentrarme para tener más cercana la sensación de mis mejores días, y es que aun con mis limitaciones, esa sensación me hace mirar hacia delante con esperanza y no agacharme y esconderme sin hacer nada que me produce esa otra sensación tan desagradable de mis peores días.
¿Una frase metáforica con la que acabaría el post?:
Puede que no sea el que más grande la tiene, pero haré lo que pueda por ser el que mejor folle.
Intento concentrarme para tener más cercana la sensación de mis mejores días, y es que aun con mis limitaciones, esa sensación me hace mirar hacia delante con esperanza y no agacharme y esconderme sin hacer nada que me produce esa otra sensación tan desagradable de mis peores días.
¿Una frase metáforica con la que acabaría el post?:
Puede que no sea el que más grande la tiene, pero haré lo que pueda por ser el que mejor folle.
lunes, junio 22, 2009
Updating
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El viernes pasado recibí una llamada desde Viena de mi amigo Gonzalo:
- Qué pasa, caballero
- ¡Hey! ¡Qué tal tío! ¿Cómo va por Viena?
- Pues bien, precisamente me dirijo ahora a un escenario a ver a Faith No More para luego ver a Nine Inch Nails y acabar el día con Metallica.
Cuando a mi una persona tiene los santos cojones de soltarme una frase de ese estilo, asi de sopetón, todo lo que a continuación no sea un insulto sonoro y profundo poco sentido tiene.
Con motivo de su ausencia en Madrid por la visita a este festival, accedí a sustituir a Gonzalo en su trabajo durante los tres días que no podría acudir. Este consistía en dar clases de informática e internet a nivel básico a unos ancianos durante un par de días y a un loco, una colombiana y dos - cito textualmente- "putos crios" otro.
Unas semanas antes y aun metido de lleno en las prácticas, mi hermana me preguntaba si estaría interesado en hacer de canguro (!!!) a dos niños del barrio durante un par de semanas. Después de haber tanteado el suicidio como una opción razonable tras los siete meses en las prácticas con los niños marroquíes, y con la imagen de canguro en mi cabeza de una tipa llamada Amber masticando chicle con la boca abierta, con una coleta a un lado y llevándose al novio a la habitación de los padres para 'pegarse el lote' sin quitarse la ropa mientras los niños destrozan la casa, las dudas sobre aceptar el trabajo eran más que considerables. Finalmente accedí.
Seis personas a lo sumo, una clase cerrada sin ventanas ni aire acondicionado y unos cuantos ordenadores despidiendo fuego, hacían que de primeras el panorama fuera poco alentador. A los quince minutos de la primera clase, y con los nervios ya liberados, me veía a mi mismo enseñando algo a personas que tendrían tantas cosas que enseñarme a mí, que convertía aquello en una curiosa paradoja. Y es que si ya se me hizo raro escuchar a principios de año que alguien me llamara 'profe', cuando ese alguien tiene más de setenta años la sensación de rareza se multiplica.
El siguiente día, al ver a mis alumnos por primera vez, recordaba las palabras de Gonzalo a modo de flashback: Hay un colgao que siempre va con mallas de ciclista a la clase y que se te queda mirando como esperando alguna respuesta. Dejé escapar una risotada al ver que lo de las mallas no era ninguna broma y que además lo acompañaba una camiseta de publicidad que podría pertenecer perfectamente a Borja de 'Que Vida Más Triste'. Tras la raquítica clase con el loco y la colombiana vinieron los "dos putos críos". Su edad era esa en la que una madre no debería seguir vistiéndote pero que aun así lo hace. Acabé la clase recomendándoles seriesyonkis.com entre otras paginas para ver series en streaming y, adelantándome a la pregunta, ninguna de ellas porno.
¿Lo de canguro? Dos semanas haciendo nada en un salón ajeno esperando que unos niños rubios con ojos azules y angélicales no metan el tenedor en la tostadora o el cepillo de dientes en el microondas, hacen que cobrar una miseria merezca la pena por poder costear las vacaciones fugaces que espero tener este verano. Referencias anteriores me comentan que mi mayor preocupación con ellos será que no me humillen demasiado cuando juguemos a la Wii.
Y ya está. Sí, este es el post. Porque a veces viene bien recuperar la idea original de un blog, que no es otra que contar novedades en tu día a día y conseguir que estas les puedan interesar a un completo desconocido porque, a pesar de no conocerte, ha sentido un consquilleo por saber que más te va a ocurrir. Algo así como haber encontrado un diario ajeno cerrado con un candado con forma de corazón en el que uno lee con la morbosa curiosidad de saber cuando va a hablar esa chica sobre sus relaciones sexuales o de sus peleas en el colegio.
Eso será en otro post.
- Qué pasa, caballero
- ¡Hey! ¡Qué tal tío! ¿Cómo va por Viena?
- Pues bien, precisamente me dirijo ahora a un escenario a ver a Faith No More para luego ver a Nine Inch Nails y acabar el día con Metallica.
Cuando a mi una persona tiene los santos cojones de soltarme una frase de ese estilo, asi de sopetón, todo lo que a continuación no sea un insulto sonoro y profundo poco sentido tiene.
Con motivo de su ausencia en Madrid por la visita a este festival, accedí a sustituir a Gonzalo en su trabajo durante los tres días que no podría acudir. Este consistía en dar clases de informática e internet a nivel básico a unos ancianos durante un par de días y a un loco, una colombiana y dos - cito textualmente- "putos crios" otro.
Unas semanas antes y aun metido de lleno en las prácticas, mi hermana me preguntaba si estaría interesado en hacer de canguro (!!!) a dos niños del barrio durante un par de semanas. Después de haber tanteado el suicidio como una opción razonable tras los siete meses en las prácticas con los niños marroquíes, y con la imagen de canguro en mi cabeza de una tipa llamada Amber masticando chicle con la boca abierta, con una coleta a un lado y llevándose al novio a la habitación de los padres para 'pegarse el lote' sin quitarse la ropa mientras los niños destrozan la casa, las dudas sobre aceptar el trabajo eran más que considerables. Finalmente accedí.
Seis personas a lo sumo, una clase cerrada sin ventanas ni aire acondicionado y unos cuantos ordenadores despidiendo fuego, hacían que de primeras el panorama fuera poco alentador. A los quince minutos de la primera clase, y con los nervios ya liberados, me veía a mi mismo enseñando algo a personas que tendrían tantas cosas que enseñarme a mí, que convertía aquello en una curiosa paradoja. Y es que si ya se me hizo raro escuchar a principios de año que alguien me llamara 'profe', cuando ese alguien tiene más de setenta años la sensación de rareza se multiplica.
El siguiente día, al ver a mis alumnos por primera vez, recordaba las palabras de Gonzalo a modo de flashback: Hay un colgao que siempre va con mallas de ciclista a la clase y que se te queda mirando como esperando alguna respuesta. Dejé escapar una risotada al ver que lo de las mallas no era ninguna broma y que además lo acompañaba una camiseta de publicidad que podría pertenecer perfectamente a Borja de 'Que Vida Más Triste'. Tras la raquítica clase con el loco y la colombiana vinieron los "dos putos críos". Su edad era esa en la que una madre no debería seguir vistiéndote pero que aun así lo hace. Acabé la clase recomendándoles seriesyonkis.com entre otras paginas para ver series en streaming y, adelantándome a la pregunta, ninguna de ellas porno.
¿Lo de canguro? Dos semanas haciendo nada en un salón ajeno esperando que unos niños rubios con ojos azules y angélicales no metan el tenedor en la tostadora o el cepillo de dientes en el microondas, hacen que cobrar una miseria merezca la pena por poder costear las vacaciones fugaces que espero tener este verano. Referencias anteriores me comentan que mi mayor preocupación con ellos será que no me humillen demasiado cuando juguemos a la Wii.
Y ya está. Sí, este es el post. Porque a veces viene bien recuperar la idea original de un blog, que no es otra que contar novedades en tu día a día y conseguir que estas les puedan interesar a un completo desconocido porque, a pesar de no conocerte, ha sentido un consquilleo por saber que más te va a ocurrir. Algo así como haber encontrado un diario ajeno cerrado con un candado con forma de corazón en el que uno lee con la morbosa curiosidad de saber cuando va a hablar esa chica sobre sus relaciones sexuales o de sus peleas en el colegio.
Eso será en otro post.
miércoles, junio 10, 2009
Verde pistacho
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Entro en el cuarto de baño restregándome por todas las paredes del bar para mantenerme en pie. Llego al cuartito donde estaba el váter, y coincide el momento en el que empiezo a mear con el que suena esa canción que tanto me gusta. Siempre ocurre. Segundos después y con el agua del retrete aun burbujeando, se apaga la luz. Totalmente a oscuras empiezo a palpar la pared sintiéndome cada vez más desequilibrado y noto que el burbujeo ha cesado. No sabía muy bien si estaba meando en la pared del váter, en ese charco gigante que había en el suelo o si sencillamente me estaba meando en los pies. Seguí palpando la pared. Apoyé mi hombro contra esta y finalmente encontré ese interruptor magnético que tardó en responder. Se me escapó una risotada, miré hacia abajo y comprobé aliviado que donde estaba meando era en el suelo poniendo mi aportación a ese océano de inmundicia que si no fuera por lo asqueroso de su olor me provocaría simpatía.
A punto de llegar a las últimas sacudidas se dirigió a mí el tipo que había en el urinario de al lado y que no había visto aparecer:
- Quiero unos pistachos
- Bueno, bien. ¿Algún motivo en concreto?
- Sí, tío. Soy un personaje de tu historia y debo tener un deseo.
- Uau, eso si que no lo esperaba.¿Y no puedes ser simplemente el personaje que está meando a mi lado?
- Ese papel no me pertenece a mí. Yo soy un personaje influyente en tu historia... Acuérdate, lo dijo Robert McKee en Adaptation: "No puedes tener un personaje sin deseo, no tiene ningún puto sentido" Bien… mi deseo son unos pistachos
- Sabía que ese chupito sobraba…
- Bueno, que me dices: ¿me ayudas a encontrarlos?
Ya en la calle, mi producto de la imaginación y yo, nos dirigíamos a por esos pistachos. Andaba desgarbado, feliz de estar más cerca del objetivo de su existencia. No le importaba ser feo y gordo, ni trabajar barriendo el suelo para ese restaurante de mierda, o que lo único que se le diera bien en esa vida fuera encontrar diferentes opciones de pornografía en el satélite. Él lo único que quería en su vida era unos pistachos, y estaba a punto de conseguirlos.
- Y una cosa… ¿por qué unos pistachos?
- No te sigo
- Quiero decir, está bien tener un deseo. Algo por lo que luchar, algún tipo de meta a la que querer llegar para ser feliz, pero… ¿unos pistachos? No se referiría McKee a desear una mujer, o atracar un banco, o conquistar una ciudad a través de…
- ¿Y a mi que me cuentas? Yo soy producto de tu imaginación. Si estaba en ese bar en ese momento es por tu culpa. Si soy asi de feo, tengo esta puta mierda de trabajo o encuentro sexo con maduras a cualquier hora en cualquier canal, es todo porque tu lo has querido así.
- Pues si que soy imbécil, ¿no? ¿Qué tipo de juego puede dar alguien que lo que desea son unos pistachos? ¿Que clase de reflexión moral o simplemente graciosa o atractiva para el que lea esta historia puede surgir de alguien que lo único que quiere son unos pistachos?
- Ya estamos cerca de la tienda, pronto lo averiguaremos.
- ¿Y por qué no haber creado un superhéroe en un traje de la ostia que me da una escopeta con la que nos cargamos a todos los zombis que han resultado convertirse la gente que estaba en ese bar meado?
- Creo que me voy a meter siete pistachos en la boca sin siquiera quitarles la cáscara
- O… podía haber creado una tía con las tetas enormes que su único deseo fuera limpiar ese puto charco de pis, para después agradecérmelo en su deseo de hacerme una mamada.
- ¿Hace falta cuchillo y tenedor para comerse unos pistachos?
Entramos a la tienda de alimentación. Buscamos mi nuevo amigo y yo entre los pasillos aquella bolsa de frutos secos. Él porque los deseaba, ¿yo? pues como en las películas, para saber que cojones iba a pasar después. Encontramos la bolsa de pistachos, la dejo en el mostrador y mientras busco las monedas en mi cartera para pagar, notó clavada en mi cara la mirada de la dependienta:
- ¿PISTACHÍN?
Levanto la vista y ahí está ella. Con la misma cara de loca de siempre y llamándome de la misma forma de loca que me había llamado en su día.
- Ho… ho…
- ¿Qué compras? Jajaja
- Nada, nada, esto no era para mí, era para mi…
Miré hacia atrás y mi amigo feo, gordo, fracasado y explorador de porno via satélite, había desaparecido.
- Acabo el turno ahora, ¿me esperas y nos tomamos esta bolsa de pistachos... pistachín? - acto seguido me guiña un ojo.
- Dalo por hecho.
Fue entonces cuando noté una arcada subiendo de mi estomago hacia mi esófago. Aquello era sólo el principio de otro deseo mucho más atractivo: la venganza.
A punto de llegar a las últimas sacudidas se dirigió a mí el tipo que había en el urinario de al lado y que no había visto aparecer:
- Quiero unos pistachos
- Bueno, bien. ¿Algún motivo en concreto?
- Sí, tío. Soy un personaje de tu historia y debo tener un deseo.
- Uau, eso si que no lo esperaba.¿Y no puedes ser simplemente el personaje que está meando a mi lado?
- Ese papel no me pertenece a mí. Yo soy un personaje influyente en tu historia... Acuérdate, lo dijo Robert McKee en Adaptation: "No puedes tener un personaje sin deseo, no tiene ningún puto sentido" Bien… mi deseo son unos pistachos
- Sabía que ese chupito sobraba…
- Bueno, que me dices: ¿me ayudas a encontrarlos?
Ya en la calle, mi producto de la imaginación y yo, nos dirigíamos a por esos pistachos. Andaba desgarbado, feliz de estar más cerca del objetivo de su existencia. No le importaba ser feo y gordo, ni trabajar barriendo el suelo para ese restaurante de mierda, o que lo único que se le diera bien en esa vida fuera encontrar diferentes opciones de pornografía en el satélite. Él lo único que quería en su vida era unos pistachos, y estaba a punto de conseguirlos.
- Y una cosa… ¿por qué unos pistachos?
- No te sigo
- Quiero decir, está bien tener un deseo. Algo por lo que luchar, algún tipo de meta a la que querer llegar para ser feliz, pero… ¿unos pistachos? No se referiría McKee a desear una mujer, o atracar un banco, o conquistar una ciudad a través de…
- ¿Y a mi que me cuentas? Yo soy producto de tu imaginación. Si estaba en ese bar en ese momento es por tu culpa. Si soy asi de feo, tengo esta puta mierda de trabajo o encuentro sexo con maduras a cualquier hora en cualquier canal, es todo porque tu lo has querido así.
- Pues si que soy imbécil, ¿no? ¿Qué tipo de juego puede dar alguien que lo que desea son unos pistachos? ¿Que clase de reflexión moral o simplemente graciosa o atractiva para el que lea esta historia puede surgir de alguien que lo único que quiere son unos pistachos?
- Ya estamos cerca de la tienda, pronto lo averiguaremos.
- ¿Y por qué no haber creado un superhéroe en un traje de la ostia que me da una escopeta con la que nos cargamos a todos los zombis que han resultado convertirse la gente que estaba en ese bar meado?
- Creo que me voy a meter siete pistachos en la boca sin siquiera quitarles la cáscara
- O… podía haber creado una tía con las tetas enormes que su único deseo fuera limpiar ese puto charco de pis, para después agradecérmelo en su deseo de hacerme una mamada.
- ¿Hace falta cuchillo y tenedor para comerse unos pistachos?
Entramos a la tienda de alimentación. Buscamos mi nuevo amigo y yo entre los pasillos aquella bolsa de frutos secos. Él porque los deseaba, ¿yo? pues como en las películas, para saber que cojones iba a pasar después. Encontramos la bolsa de pistachos, la dejo en el mostrador y mientras busco las monedas en mi cartera para pagar, notó clavada en mi cara la mirada de la dependienta:
- ¿PISTACHÍN?
Levanto la vista y ahí está ella. Con la misma cara de loca de siempre y llamándome de la misma forma de loca que me había llamado en su día.
- Ho… ho…
- ¿Qué compras? Jajaja
- Nada, nada, esto no era para mí, era para mi…
Miré hacia atrás y mi amigo feo, gordo, fracasado y explorador de porno via satélite, había desaparecido.
- Acabo el turno ahora, ¿me esperas y nos tomamos esta bolsa de pistachos... pistachín? - acto seguido me guiña un ojo.
- Dalo por hecho.
Fue entonces cuando noté una arcada subiendo de mi estomago hacia mi esófago. Aquello era sólo el principio de otro deseo mucho más atractivo: la venganza.
miércoles, junio 03, 2009
Dormir mola
___________________________________________________________
Con más frecuencia de la que me gustaría tengo pensamientos absurdos. El problema no es este, el problema es tener la necesidad de dejarlos plasmados en algún sitio. Algo así como no sólo tenerla pequeña, sino sentir la necesidad de hacerlo público a la mínima ocasión.

En una de estas pensaba yo en por qué, POR QUÉ dormir tiene que ser tan la ostia. Por qué madrugar es tan fácil pensándolo la noche antes, y es tan dificil cuando suena el despertador. Desarrollando mi pensamiento mientras me rascaba la cabeza acababa en la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si las personas no dumiéramos?
Jornadas laborales de 100 horas a la semana por lo que la economía se dispraría y la producción sería desorbitada con lo que los coches volarían y nuestra vida se parecería más a la de Futurama que lo que es ahora, poder ver partidos de la NBA sin cargo de conciencia, sustitución de la palabra "despertador" por la de "reloj de mesa", la no posibilidad de hacerte fan en Facebook de "a mi también me encanta dormir acompañado", "5 minutos más y me despierto" o "último capítulo y me voy a dormir", obesidad disparada al existir siete comidas diarias equilibrada en cambio en otros paises por el aumento de las relaciones intimas entre parejas, natalidad más pronunciada, viajes de jovenes al extranjero más frecuentes al no tener que alquilar hostales para dormir y poder hacer en tres días lo que harían en seis, mortalidad juvenil más pronunciada, natalidad más pronunciada, bienes hoy casi necesarios relegados a ser desconocidos: café, colchones, almohadas, etc. Y, probablemente la más importante de todas: inexistencia de la pajilla de antes de irse a dormir. De eso y de los somníferos.
Era ya tarde cuando tirado en la cama me tocaba poner el despertador por la mañana temprano para aprovechar el día desde bien pronto. ¿A qué hora sería eso?, empezaba entonces un diálogo conmigo mismo:
- Pues a ver, si quiero estar allí a las diez debería salir de aquí a las nueve por lo que me puedo levantar a las ocho y media.
- ¿Ocho y media? Bueno eso si no me ducho. - Tras olerme el sobaco - Joder, debería ducharme
- Una ducha rápida venga, ocho y cuarto.
- Ostia espera, tengo que buscar los apuntes de esta asignatura que a saber donde cojones están. Eso y sacar los tapers de la mochila. Venga a las ocho. A las ocho con dos cojones y así redondeo.
Pongo el despertador lejos para tener que levantarme para apagarlo. Me acuesto a las cuatro de la madrugada. Suena el despertador a las ocho de la mañana, me incorporo de un salto y empiezo, cuatro horas después, otra conversación:
- ¿QUÉ? ¿DON...? ¿CÓMO? ¿¿Qué pasa??
- ¿¿¿Que ya son las ocho??? ¿¿¿Qué puta broma es esta???
- Evitando olerme el sobaco - Bueno, lavarme el sobaco con jabón en vez de una ducha me puede dar quince minutos más de sueño.
- Ohjjj... sí, quince minutos.
Quince minutos después vuelve a sonar el despertador
- Ufffffffff, no puede seeeeeeeeer. Uffffffffggggnnnnnggggg.
- Aaaaaaaaaaaaaaaaaaajjjjjjjjjjjj.
- De todas formas, piénsalo Curro, de verdad te hacen falta quince minutos para buscar esos apuntes y sacar los tapers de tu mochila? Además, si no encuentras esos apuntes siempre puedes... buscar... otros.
- Sí, venga. Merece absolutamente la pena.
Quince minutos más tarde la habitación vuelve a vibrar alterada por ese puto sonido:
- Fuufffffffffffffffffff.
- Mierda.
- Mierda... me he quedado sin cosas que aplazar.
- Me tengo que levantar ya, lavarme los sobacos, buscar los apuntes y sacar los tapers de la mochila.
- Voy a hacer todo eso.
- Tengo que hacer todo eso.
- De todas formas ¿no era tan importante que fuera hasta allí a estas horas de la mañana no?
- Quiero decir...
Tres horas más tarde me despertaba con un sentimiento de culpa que no me cabía dentro del cuerpo. Nada más levantarme fui a darme una ducha para después sacar los tapers de la mochila y acabar encontrando los apuntes que resultaban estar encima de la mesa.
Y siento que este post podría ser algo así como el resumen de mi vida, y decir eso cuando la única foto que he subido es una de Boris Izaguirre me asusta.
Me asusta mucho.

En una de estas pensaba yo en por qué, POR QUÉ dormir tiene que ser tan la ostia. Por qué madrugar es tan fácil pensándolo la noche antes, y es tan dificil cuando suena el despertador. Desarrollando mi pensamiento mientras me rascaba la cabeza acababa en la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si las personas no dumiéramos?
Jornadas laborales de 100 horas a la semana por lo que la economía se dispraría y la producción sería desorbitada con lo que los coches volarían y nuestra vida se parecería más a la de Futurama que lo que es ahora, poder ver partidos de la NBA sin cargo de conciencia, sustitución de la palabra "despertador" por la de "reloj de mesa", la no posibilidad de hacerte fan en Facebook de "a mi también me encanta dormir acompañado", "5 minutos más y me despierto" o "último capítulo y me voy a dormir", obesidad disparada al existir siete comidas diarias equilibrada en cambio en otros paises por el aumento de las relaciones intimas entre parejas, natalidad más pronunciada, viajes de jovenes al extranjero más frecuentes al no tener que alquilar hostales para dormir y poder hacer en tres días lo que harían en seis, mortalidad juvenil más pronunciada, natalidad más pronunciada, bienes hoy casi necesarios relegados a ser desconocidos: café, colchones, almohadas, etc. Y, probablemente la más importante de todas: inexistencia de la pajilla de antes de irse a dormir. De eso y de los somníferos.
Era ya tarde cuando tirado en la cama me tocaba poner el despertador por la mañana temprano para aprovechar el día desde bien pronto. ¿A qué hora sería eso?, empezaba entonces un diálogo conmigo mismo:
- Pues a ver, si quiero estar allí a las diez debería salir de aquí a las nueve por lo que me puedo levantar a las ocho y media.
- ¿Ocho y media? Bueno eso si no me ducho. - Tras olerme el sobaco - Joder, debería ducharme
- Una ducha rápida venga, ocho y cuarto.
- Ostia espera, tengo que buscar los apuntes de esta asignatura que a saber donde cojones están. Eso y sacar los tapers de la mochila. Venga a las ocho. A las ocho con dos cojones y así redondeo.
Pongo el despertador lejos para tener que levantarme para apagarlo. Me acuesto a las cuatro de la madrugada. Suena el despertador a las ocho de la mañana, me incorporo de un salto y empiezo, cuatro horas después, otra conversación:
- ¿QUÉ? ¿DON...? ¿CÓMO? ¿¿Qué pasa??
- ¿¿¿Que ya son las ocho??? ¿¿¿Qué puta broma es esta???
- Evitando olerme el sobaco - Bueno, lavarme el sobaco con jabón en vez de una ducha me puede dar quince minutos más de sueño.
- Ohjjj... sí, quince minutos.
Quince minutos después vuelve a sonar el despertador
- Ufffffffff, no puede seeeeeeeeer. Uffffffffggggnnnnnggggg.
- Aaaaaaaaaaaaaaaaaaajjjjjjjjjjjj.
- De todas formas, piénsalo Curro, de verdad te hacen falta quince minutos para buscar esos apuntes y sacar los tapers de tu mochila? Además, si no encuentras esos apuntes siempre puedes... buscar... otros.
- Sí, venga. Merece absolutamente la pena.
Quince minutos más tarde la habitación vuelve a vibrar alterada por ese puto sonido:
- Fuufffffffffffffffffff.
- Mierda.
- Mierda... me he quedado sin cosas que aplazar.
- Me tengo que levantar ya, lavarme los sobacos, buscar los apuntes y sacar los tapers de la mochila.
- Voy a hacer todo eso.
- Tengo que hacer todo eso.
- De todas formas ¿no era tan importante que fuera hasta allí a estas horas de la mañana no?
- Quiero decir...
Tres horas más tarde me despertaba con un sentimiento de culpa que no me cabía dentro del cuerpo. Nada más levantarme fui a darme una ducha para después sacar los tapers de la mochila y acabar encontrando los apuntes que resultaban estar encima de la mesa.
Y siento que este post podría ser algo así como el resumen de mi vida, y decir eso cuando la única foto que he subido es una de Boris Izaguirre me asusta.
Me asusta mucho.
lunes, mayo 25, 2009
El delorean está en la linea 1de Metro
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Hoy me veo obligado a contar algo. No es gracioso, no es interesante, ni siquiera es creíble. Me veo obligado para cuando en un futuro relea esto recuerde el día en el que, por primera vez en mi vida, viajé en el espacio.
Una de las ventajas de ser usuario frecuente del metro desde que mi cabeza alcanza a recordar, es que tengo una capacidad increible para, tan solo echando un vistazo al plano de metro, poder calcular lo que me va a llevar de un punto a otro del plano.
Hoy, esos dos puntos unían a Moncloa con Sierra de Guadalupe:
Cojo la linea 3 hasta Sol, hago transbordo para coger la linea 1 y una vez allí ya ir directo hasta Sierra de Guadalupe. Tengo unos 40 minutos. Voy a llegar tarde.
Pies en polvorosa corro de un trén a otro haciendo del transbordo un paseo bastante más corto de lo que en realidad era. Me meto por túneles que hacen giros extraños y debajo de lo que parece un andamio veo mi tren llegar al cual entro corriendo apurado por el silbatazo.
Me encuentro en un tren cualquiera de la linea 1 de la red de metro de Madrid. Acabo de salir de Sol, miro el reloj y calculando el tiempo niego cabeceando al ser consciente de que llegaba de 5 a 10 minutos tarde. Al cabo de tres paradas consigo un sitio, me vuelvo a poner la misma canción otra vez y dejo caer mi cabeza apoyando la coronilla en el cristal. Estoy bastante despierto.
Pasan algunas paradas. El tren pasa rapido por el tunel negro y calculo que la siguiente estación debe ser Atocha. Estas estimaciones, desde que mi cabeza alcanza a recordar, las he clavado la mayoría de las veces fallando en una o, como mucho, en dos paradas.
La oscuridad del túnel da paso a la rapidez de un rojo que se mezcla con el azul de la señalización. A medida que se va haciendo más claro mis ojos se van abriendo más por la impresión:
NUEVA NUMANCIA.
O lo que es lo mismo: CINCO PARADAS MÁS de las que había apostado conmigo mismo en mi cabeza.
De repente no me encuentro a once, sino a seis paradas de mi destino. Te habrás quedado dormido, gilipollas - pensarás. ¿Como explicaría eso que de repente llegara con cinco minutos de antelación al sitio donde inicialmente iba a llegar tarde?.
Asi que empecé a mirar a mi alrededor. Miré a la gente detenidamente por si ellos se miraban extrañados entre sí por lo que acababa de ocurrir, pero nada, todos con la misma cara de aburridos de hacía un rato.
Nada más llegar a la cita andando despacio y con cara de extrañado vi a una de las chicas con las que había quedado:
- Colega... creo que acabo de viajar en el espacio
- Jajajajajajaja
- En serio
Y vale, sí, TODO ESTO seguro que tiene una razón tan simple y llana como, "miraste mal la hora" o "te quedaste dormido", pero no solo sería más aburrido, sino además, mucho más desesperanzador.
Yo prefiero sonreir porque desde aquel momento hacía delante, recordaré este día como el día en el que viajé en el espacio.
Hoy me veo obligado a contar algo. No es gracioso, no es interesante, ni siquiera es creíble. Me veo obligado para cuando en un futuro relea esto recuerde el día en el que, por primera vez en mi vida, viajé en el espacio.
Una de las ventajas de ser usuario frecuente del metro desde que mi cabeza alcanza a recordar, es que tengo una capacidad increible para, tan solo echando un vistazo al plano de metro, poder calcular lo que me va a llevar de un punto a otro del plano.
Hoy, esos dos puntos unían a Moncloa con Sierra de Guadalupe:
Cojo la linea 3 hasta Sol, hago transbordo para coger la linea 1 y una vez allí ya ir directo hasta Sierra de Guadalupe. Tengo unos 40 minutos. Voy a llegar tarde.
Pies en polvorosa corro de un trén a otro haciendo del transbordo un paseo bastante más corto de lo que en realidad era. Me meto por túneles que hacen giros extraños y debajo de lo que parece un andamio veo mi tren llegar al cual entro corriendo apurado por el silbatazo.
Me encuentro en un tren cualquiera de la linea 1 de la red de metro de Madrid. Acabo de salir de Sol, miro el reloj y calculando el tiempo niego cabeceando al ser consciente de que llegaba de 5 a 10 minutos tarde. Al cabo de tres paradas consigo un sitio, me vuelvo a poner la misma canción otra vez y dejo caer mi cabeza apoyando la coronilla en el cristal. Estoy bastante despierto.
Pasan algunas paradas. El tren pasa rapido por el tunel negro y calculo que la siguiente estación debe ser Atocha. Estas estimaciones, desde que mi cabeza alcanza a recordar, las he clavado la mayoría de las veces fallando en una o, como mucho, en dos paradas.
La oscuridad del túnel da paso a la rapidez de un rojo que se mezcla con el azul de la señalización. A medida que se va haciendo más claro mis ojos se van abriendo más por la impresión:
NUEVA NUMANCIA.
O lo que es lo mismo: CINCO PARADAS MÁS de las que había apostado conmigo mismo en mi cabeza.
De repente no me encuentro a once, sino a seis paradas de mi destino. Te habrás quedado dormido, gilipollas - pensarás. ¿Como explicaría eso que de repente llegara con cinco minutos de antelación al sitio donde inicialmente iba a llegar tarde?.
Asi que empecé a mirar a mi alrededor. Miré a la gente detenidamente por si ellos se miraban extrañados entre sí por lo que acababa de ocurrir, pero nada, todos con la misma cara de aburridos de hacía un rato.
Nada más llegar a la cita andando despacio y con cara de extrañado vi a una de las chicas con las que había quedado:
- Colega... creo que acabo de viajar en el espacio
- Jajajajajajaja
- En serio
Y vale, sí, TODO ESTO seguro que tiene una razón tan simple y llana como, "miraste mal la hora" o "te quedaste dormido", pero no solo sería más aburrido, sino además, mucho más desesperanzador.
Yo prefiero sonreir porque desde aquel momento hacía delante, recordaré este día como el día en el que viajé en el espacio.
domingo, mayo 17, 2009
Y el que no se agache...
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Con el tiempo me he dado cuenta que las personas con las que más conecto, son aquellas con las que hablando de un tema intrascendente y absurdo, consigo acabar con una sensación de satisfacción que me hace sonreir por lo mucho que ha merecido la pena empezar a hablar de ello. Y es que, ¿qué mérito tiene sacarle punta a una conversación sobre la trayectoría de Metallica o sobre el último capítulo de Perdidos?. Hagamos que hablar del tiempo sea lo mejor que nos ha pasado en toda la semana.
Eso es.
Voy a hablar del tiempo.
Concretamente voy a hablar de por qué el frio mola más que el calor, y voy a empezar soltando una frase justiciera. Una de esas frases que mola pensar y mucho más escribir:
El verano es cómo una transexual que está buena.
A las cuatro y media de la madrugada de un sábado cualquiera en Madrid, la gente corretea de un lado a otro en busca de autobuses perdidos, citas impuntuales o sitios libres de amenaza policial. Hay veces que consigues encontrar una especie de armonía con lo que te rodea cuando, siendo parte de un contexto que tiene tanta prisa, te sientes tranquilo como si andaras por la orilla de la playa sin ningun aburrido compromiso al que atender. Respiras profundamente, miras a tu alrededor y se te escapa una tímida sonrisa. Todo es genial, de fondo se oye el buen rollo de los Polyphonic Spree y todo pasa, sobre todo, porque estás en pantalones cortos y la brisa que corre es lo más perfecto que se te pueda ocurrir en ese momento.
Sudores frios en la cama y una almohada que, lamentablemente, solo tiene dos caras; el olor a sobaco en un metro abarrotado, la sequedad en la boca rodeado de una ciudad desierta con la única banda sonora del taladro de una obra... Todo parece perdonable con tal de vivir uno de estos momentos en los que basta con cerrar los ojos y respirar. Todo.
Un momento... ¿Todo?
Y unos cojones.
Llega el calor y con él la época de dejar el abrigo en el armario absorviendo el olor a naftalina. Llegas a un bar y, dios... no tienes que dejar el abrigo en ningún sitio, ¡porque no tienes!. ¡Nadie tiene! y a cambio, te recreas en unos escotes generosos en los que te puedes sumergir durante largos minutos en el metro en lugar de ese libro que al fin que al cabo va a seguir ahí. Llega el despelote, la fiesta de la espuma, el salvase quien pueda, llegan... llegan... LLEGAN LAS CHANCLAS.
Llegan las chanclas, los zapatos en los que asoman dos dedos de los pies, aquellos otros en los que solo se ve el principio del dedo del pie dibujando en una silueta la forma de diez pequeños culos. Uñas pintadas de rosa. Cayos. Durezas. La imagen de una piedra pomez bailando en tu cabeza. Llega el calor y con él, llega la mayor de mis fobias. Que si no queda claro a estas alturas de la película yo me animo a relatartelo con mayúsculas y en negrita:
LLEGAN LOS PIES.
Dios, ya visualizo en mi cabeza un pie gigante y calloso arrasando Nueva York mientras madres corren despavoridas de la mano de sus hijos.
Es por eso que el verano es como una transexual que está buena. Puede que tenga curvas, que tenga una cara bonita, que sea incluso apetecible sexualmente, pero joder... Tiene una polla como una cinta de lomo. Y con esta idea enlazo la frase con la que cerrar el post y con la que presumo me puedo ir entre vitores y ovaciones - y algun que otro abucheo, por supuesto -:
El verano tiene una polla como una cinta de lomo.
Eso es.
Voy a hablar del tiempo.
Concretamente voy a hablar de por qué el frio mola más que el calor, y voy a empezar soltando una frase justiciera. Una de esas frases que mola pensar y mucho más escribir:
El verano es cómo una transexual que está buena.
A las cuatro y media de la madrugada de un sábado cualquiera en Madrid, la gente corretea de un lado a otro en busca de autobuses perdidos, citas impuntuales o sitios libres de amenaza policial. Hay veces que consigues encontrar una especie de armonía con lo que te rodea cuando, siendo parte de un contexto que tiene tanta prisa, te sientes tranquilo como si andaras por la orilla de la playa sin ningun aburrido compromiso al que atender. Respiras profundamente, miras a tu alrededor y se te escapa una tímida sonrisa. Todo es genial, de fondo se oye el buen rollo de los Polyphonic Spree y todo pasa, sobre todo, porque estás en pantalones cortos y la brisa que corre es lo más perfecto que se te pueda ocurrir en ese momento.
Sudores frios en la cama y una almohada que, lamentablemente, solo tiene dos caras; el olor a sobaco en un metro abarrotado, la sequedad en la boca rodeado de una ciudad desierta con la única banda sonora del taladro de una obra... Todo parece perdonable con tal de vivir uno de estos momentos en los que basta con cerrar los ojos y respirar. Todo.
Un momento... ¿Todo?
Y unos cojones.
Llega el calor y con él la época de dejar el abrigo en el armario absorviendo el olor a naftalina. Llegas a un bar y, dios... no tienes que dejar el abrigo en ningún sitio, ¡porque no tienes!. ¡Nadie tiene! y a cambio, te recreas en unos escotes generosos en los que te puedes sumergir durante largos minutos en el metro en lugar de ese libro que al fin que al cabo va a seguir ahí. Llega el despelote, la fiesta de la espuma, el salvase quien pueda, llegan... llegan... LLEGAN LAS CHANCLAS.
Llegan las chanclas, los zapatos en los que asoman dos dedos de los pies, aquellos otros en los que solo se ve el principio del dedo del pie dibujando en una silueta la forma de diez pequeños culos. Uñas pintadas de rosa. Cayos. Durezas. La imagen de una piedra pomez bailando en tu cabeza. Llega el calor y con él, llega la mayor de mis fobias. Que si no queda claro a estas alturas de la película yo me animo a relatartelo con mayúsculas y en negrita:
LLEGAN LOS PIES.
Dios, ya visualizo en mi cabeza un pie gigante y calloso arrasando Nueva York mientras madres corren despavoridas de la mano de sus hijos.
Es por eso que el verano es como una transexual que está buena. Puede que tenga curvas, que tenga una cara bonita, que sea incluso apetecible sexualmente, pero joder... Tiene una polla como una cinta de lomo. Y con esta idea enlazo la frase con la que cerrar el post y con la que presumo me puedo ir entre vitores y ovaciones - y algun que otro abucheo, por supuesto -:
El verano tiene una polla como una cinta de lomo.
martes, mayo 12, 2009
Es tu síndrome
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De entre toda la legión de niños endemoniados con los que tengo que lidiar en el centro de prácticas, hay uno que se separa del resto al conseguir depertar en mi cierta simpatía. La mayoría de los días hace todos sus deberes sin tener que repetirle siete veces que se siente en la silla para así empezar y de vez en cuando hace preguntas inocentes de un niño de su edad más propio a lo que la realidad corresponde, que a lo que su entorno de pequeños demonios encabronados representa.
- ¿Qué significa ese tatuaje?
- Es un secreto
- ¿Un secreto? POR QUÉ... ¡DÍMELO!
- Te lo digo si te portas bien - un puto genio soy. Lo sé.
- PEROOOO...
- Y si gritas menos, también
- Joe, ¡¡¡¡profe!!!!
Dentro de esta agresiva inocencia se despierta, como no podía ser de otra forma, un gran "pero". El chaval tiene síndrome de Tourette, en cuyo diagnostico no solo están los insultos al azar, sino la risa desbocada que acompaña a estos justo a continuación.
- Profe, ¿que significa Mecenas?
- Vamos a buscarlo en el diccionario, que seguro que te da una definición más ajustada.
- JOE!!!
- Mira, "Mecenas"... aquí está
- Sí, y aquí al lado mira lo que pone, pone MEAR. Y TE SACAS LA POLLA Y TE MEAS Y TE FOLLA POR EL CULO... JAJAJAJAJAJAJAJA.
- Ahmed, hombre...
Cuándo uno ha tenido que soportar desaprobaciones, empujones y, como yo lo llamo, "sudamientos del rabo" contínuos las palabras de Ahmed son como el trino de un pájaro en primavera o el eco de un canto gregoriano en las bóvedas de una gran catedral.
A falta de menos de un mes para acabar esta experiencia, el balance que saco es bastante desolador. Mi intención con las prácticas, entre otras cosas, era conocer algo que me pudiera motivar de cara a un futuro profesional como trabajador social, ya que todo lo visto en la teoría me daba pereza con el simple hecho de oirla nombrar a un grupo de chavales a lo lejos y que ni siquiera están hablando conmigo. Desempeñar las funciones estríctamente de educador social, han servido para descubrir otra profesión que no quiero desempeñar el resto de mi vida. Soy consciente que: ingeniero químico, abogado laboralista, minero y una lista infinita de trabajos no me interesan sin la necesidad de pasar nueve meses comiendo mierda regularmente por unos cuantos chavales que me toman el pelo. Es por esto que con el ánimo de ver el vaso medio lleno las prácticas podría resumirlas con un: Gracias Ahmed.
De entre toda la legión de niños endemoniados con los que tengo que lidiar en el centro de prácticas, hay uno que se separa del resto al conseguir depertar en mi cierta simpatía. La mayoría de los días hace todos sus deberes sin tener que repetirle siete veces que se siente en la silla para así empezar y de vez en cuando hace preguntas inocentes de un niño de su edad más propio a lo que la realidad corresponde, que a lo que su entorno de pequeños demonios encabronados representa.
- ¿Qué significa ese tatuaje?
- Es un secreto
- ¿Un secreto? POR QUÉ... ¡DÍMELO!
- Te lo digo si te portas bien - un puto genio soy. Lo sé.
- PEROOOO...
- Y si gritas menos, también
- Joe, ¡¡¡¡profe!!!!
Dentro de esta agresiva inocencia se despierta, como no podía ser de otra forma, un gran "pero". El chaval tiene síndrome de Tourette, en cuyo diagnostico no solo están los insultos al azar, sino la risa desbocada que acompaña a estos justo a continuación.
- Profe, ¿que significa Mecenas?
- Vamos a buscarlo en el diccionario, que seguro que te da una definición más ajustada.
- JOE!!!
- Mira, "Mecenas"... aquí está
- Sí, y aquí al lado mira lo que pone, pone MEAR. Y TE SACAS LA POLLA Y TE MEAS Y TE FOLLA POR EL CULO... JAJAJAJAJAJAJAJA.
- Ahmed, hombre...
Cuándo uno ha tenido que soportar desaprobaciones, empujones y, como yo lo llamo, "sudamientos del rabo" contínuos las palabras de Ahmed son como el trino de un pájaro en primavera o el eco de un canto gregoriano en las bóvedas de una gran catedral.
A falta de menos de un mes para acabar esta experiencia, el balance que saco es bastante desolador. Mi intención con las prácticas, entre otras cosas, era conocer algo que me pudiera motivar de cara a un futuro profesional como trabajador social, ya que todo lo visto en la teoría me daba pereza con el simple hecho de oirla nombrar a un grupo de chavales a lo lejos y que ni siquiera están hablando conmigo. Desempeñar las funciones estríctamente de educador social, han servido para descubrir otra profesión que no quiero desempeñar el resto de mi vida. Soy consciente que: ingeniero químico, abogado laboralista, minero y una lista infinita de trabajos no me interesan sin la necesidad de pasar nueve meses comiendo mierda regularmente por unos cuantos chavales que me toman el pelo. Es por esto que con el ánimo de ver el vaso medio lleno las prácticas podría resumirlas con un: Gracias Ahmed.
jueves, mayo 07, 2009
At a Glance
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Existe un punto en el firmamento donde van a parar todas las miradas perdidas. La mirada de esa chica que mastica chicle con la boca abierta y cara de asco a pesar de estar rodeada de un grupo de amigos. "No estáis a mi altura, no puedo ni miraros" - parece decir. La mirada de ese tío que canta Miguel Bosé en Diego de León con una mano metida en el bolsillo de su pantalón vaquero, tan apretado, que hace que evitar mirarle el paquete no sea una opción viable. La mirada de ese niño que desde su carrito se clava en tí con las pupilas tan profundas, que casi consigues reflejarte en ellas, mientras un hilo de baba le cae desde la comisura del labio hasta su camisa. La mirada de ese chaval que no se sabe la lección cuando el profesor busca un voluntario para salir a la pizarra. La mirada de ese obrero que con su peto amarillo, saborea su bocadillo de tortilla de patata mientras un sol de justicia va bordeando el moreno de su piel por la camiseta, con cuatro moscas inquietas que no se irán por más manotazos que mueva en el aire. La mirada de mi amigo Quico cuando, con la esperanza ya no de que su equipo marque el 3 - 5, sino que no reciba el 2 - 6, observa la tele con el culo tan apretado que no entraría ni el bigote de una gamba.

En ese punto, todas esas miradas existen con una capacidad de atención que se escapa a la lógica. Ese punto existe porque es necesario tener un sitio donde poder perder la mirada por el mero placer de volver a recuperarla en cualquier momento.
lunes, mayo 04, 2009
Alacachofas de Citruéñigo
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- Mamá, ¿tu has cogido el pen drive que estaba en mi habitación? - le pregunto con cabreo contenido
- Sí, lo metí en el vaso de los bolis que tienes en la mesa
- Pues ahí no está - suelto un bufido que hace a mi madre otear el percal
- Pues yo de ahi no lo he cogido, asi que conmigo no te enfades - me increpa alzándome la voz
- No me estoy cabreando contigo, me cabreo con la situación! - miento
- Pues llama a tu hermana a ver si lo ha cogido ella, pero a mi no me vengas con estas
*Ring Ring *Ring Ring (Ya sé que hoy en día ningun puto móvil suena asi, pero si ponía la canción de Los Delinquentes que tiene mi hermana de melodía iba a quedar confuso)
- ¿Sí?
- Miriam - Dios... solo he oido un "sí" y ya me estoy cabreando más aun - ¿tu has cogido el pen drive que había en mi habitación?
- ¿Qué Pen Drive?
Cuelgo. Me muerdo el labio y en mi mente aparecen una ristra de tópicos que asustarían al más predecible. Pienso en Carl Winslow:
1,2 y 3... 4,5 y 6... yo me calmaré, todos lo vereis.
Ya comiendo, nos encontrábamos mi hermana y yo en la mesa con mi madre dando vueltas por la cocina:
- ¿Encontraste el chisme ese?- me pregunta mi madre
- ¡NO!
- Oye, conmigo no te cabrees que yo no he cogido nada, eh?
- No me cabreo contigo, me cabreo porque no encuentro el puto pen drive- digo- Mentira, seguro que has sido tú al limpiar y no te acuerdas... joder! - pienso.
- Yo te compro uno y se soluciona, no tenía nada dentro ¿no? - me responde alterada
- No, pero ese no es el problema. El problema es que casi no conozco a esta chica y le tengo que decir que después de un mes de espera... HE PERDIDO SU PUTO PEN DRIVE.
- De verdad que estás insoportable
- MRFFFFFFFF - digo - 1.2,3... - pienso
Me encuentro en el coche con las cuatro compañeras de prácticas. Entre ellas estaba la propietaría del Pen Drive a la cual no paré de mirarla de reojo esperando que no me preguntara por el tema en cuestión ya que mi idea era esperar a llegar al destino para pillarla a solas y hacer del bochorno algo más llevadero.
A punto de llegar, veo a mi compañera urgar debajo de su asiento como si estuviera pegando un moco que acaba de redondear. En su lugar saca su pen drive y me lo enseña arrugando su facción preguntándome: ¿Curro, que hace aquí mi Pen Drive?
Me quedo en blanco.
- ¿Se te ha caido ahora?
Sigo en blanco y me animo a balbucear un: Bleee mmmm Pssssss que no envidiaría el discurso del goya a Alfredo Landa.
- No no - responde otra de las chicas - eso ya estaba ahí.
Siento que tengo los pantalones bajados hasta el tobillo y finalmente me animo a responder:
- Je - rascándome la cabeza a lo Chicho Terremoto - Je je je. Llevaba buscándolo un par de días... no se como ha podido llegar ahí. Perdón por haber tardado.
- No pasa nada - dice mirándome con cara de "pobrecillo..."
A punto de entrar por la puerta de casa, le daba vueltas a como decirle a mi madre que lo había encontrado intentando conservar un poco de mi devastado orgullo. Entro y sin llegar a cruzármela por el salón alcanzo mi habitación y lo primero que veo, encima de la mesa, es un pen drive nuevo con un post-it en él que ponía: Ahí tienes el pen drive, compré el de 4 gigas porque no sabía cuánto tenía el de tu amiga, si eso se descambia.
Es increible lo gilipollas que puedo llegar a ser a veces.
Tras un mes con un pen drive ajeno a mi pertenencia, me parecía apropiado rescatarlo del vaso donde llevaba durante todo ese mes para por fín devolverlo a su propietaria - compañera del centro de prácticas con la cual no me ata la más profunda de las confianzas -. Días atrás ya intenté devolvérselo sin éxito ya que justo ese día no vino. Metí entonces la mano en el vaso y debajo de todos esos lápices lo único que saqué fue un mechero gastado. Arqueé una ceja y me sorprendí de lo subnormal que puede llegar a ser un ser humano al mirar debajo del propio vaso.
- Mamá, ¿tu has cogido el pen drive que estaba en mi habitación? - le pregunto con cabreo contenido
- Sí, lo metí en el vaso de los bolis que tienes en la mesa
- Pues ahí no está - suelto un bufido que hace a mi madre otear el percal
- Pues yo de ahi no lo he cogido, asi que conmigo no te enfades - me increpa alzándome la voz
- No me estoy cabreando contigo, me cabreo con la situación! - miento
- Pues llama a tu hermana a ver si lo ha cogido ella, pero a mi no me vengas con estas
*Ring Ring *Ring Ring (Ya sé que hoy en día ningun puto móvil suena asi, pero si ponía la canción de Los Delinquentes que tiene mi hermana de melodía iba a quedar confuso)
- ¿Sí?
- Miriam - Dios... solo he oido un "sí" y ya me estoy cabreando más aun - ¿tu has cogido el pen drive que había en mi habitación?
- ¿Qué Pen Drive?
Cuelgo. Me muerdo el labio y en mi mente aparecen una ristra de tópicos que asustarían al más predecible. Pienso en Carl Winslow:
1,2 y 3... 4,5 y 6... yo me calmaré, todos lo vereis.
Ya comiendo, nos encontrábamos mi hermana y yo en la mesa con mi madre dando vueltas por la cocina:
- ¿Encontraste el chisme ese?- me pregunta mi madre
- ¡NO!
- Oye, conmigo no te cabrees que yo no he cogido nada, eh?
- No me cabreo contigo, me cabreo porque no encuentro el puto pen drive- digo- Mentira, seguro que has sido tú al limpiar y no te acuerdas... joder! - pienso.
- Yo te compro uno y se soluciona, no tenía nada dentro ¿no? - me responde alterada
- No, pero ese no es el problema. El problema es que casi no conozco a esta chica y le tengo que decir que después de un mes de espera... HE PERDIDO SU PUTO PEN DRIVE.
- De verdad que estás insoportable
- MRFFFFFFFF - digo - 1.2,3... - pienso
Me encuentro en el coche con las cuatro compañeras de prácticas. Entre ellas estaba la propietaría del Pen Drive a la cual no paré de mirarla de reojo esperando que no me preguntara por el tema en cuestión ya que mi idea era esperar a llegar al destino para pillarla a solas y hacer del bochorno algo más llevadero.
A punto de llegar, veo a mi compañera urgar debajo de su asiento como si estuviera pegando un moco que acaba de redondear. En su lugar saca su pen drive y me lo enseña arrugando su facción preguntándome: ¿Curro, que hace aquí mi Pen Drive?
Me quedo en blanco.
- ¿Se te ha caido ahora?
Sigo en blanco y me animo a balbucear un: Bleee mmmm Pssssss que no envidiaría el discurso del goya a Alfredo Landa.
- No no - responde otra de las chicas - eso ya estaba ahí.
Siento que tengo los pantalones bajados hasta el tobillo y finalmente me animo a responder:
- Je - rascándome la cabeza a lo Chicho Terremoto - Je je je. Llevaba buscándolo un par de días... no se como ha podido llegar ahí. Perdón por haber tardado.
- No pasa nada - dice mirándome con cara de "pobrecillo..."
A punto de entrar por la puerta de casa, le daba vueltas a como decirle a mi madre que lo había encontrado intentando conservar un poco de mi devastado orgullo. Entro y sin llegar a cruzármela por el salón alcanzo mi habitación y lo primero que veo, encima de la mesa, es un pen drive nuevo con un post-it en él que ponía: Ahí tienes el pen drive, compré el de 4 gigas porque no sabía cuánto tenía el de tu amiga, si eso se descambia.
Es increible lo gilipollas que puedo llegar a ser a veces.
lunes, abril 20, 2009
Tan fácil, tan difícil
___________________________________________________________
Acercándome a la Plaza de España por la calle Princesa, observo a un tío bajito y rechoncho acercándose hacia mi. Llevaba su mirada clavada en mi persona desde hacia rato y sus pasos se dirigían decididos. Parecía conocerme, esquivaba a las muchas personas que a su alrededor pasaban y su objetivo ya estaba fijado: yo mismo.
De repente a este tipo parecía no importarle el resto de la gente, que chispeara o que llegara al uno sesenta por los pelos, lo único que le importaba era yo. Me alcanzaba por fin y con decisión, extendía su brazo y me ofrecía un panfleto. Lo cojo, le miro con cara de "¿nada más?" y me da las gracias con voz silbona.
Aquel no podía ser un panfleto cualquiera. Me decepcionaría profundamente si fuera de una librería o del profesor Uquelele. Entonces miré el panfleto y vi un mapa de la zona en la que me encontraba con un punto marcado en él. El punto, más allá del clásico "we are here" en rojo, era un un monigote con sombrero, bigote y unas tetas haciendo las veces de nariz o de ojos (lo cierto es que no tengo muy claro este aspecto) . Le doy la vuelta al panfleto:
MOUSTACHES
Disfrute tomando una copa,
servida por las más bellas señoritas.
En mi cabeza no hago sino visualizar cuatro ecuatorianas y tres rumanas con las tetas caídas y haciendo justicia, con la sombra de debajo de su nariz, al nombre del bar.
- Este cabrón - pensé - Este cabrón ha ido directo a por mi. No se ha parado en aquel tipo de sesenta años y cara de putero que tenía a su lado, o por ese grupo de adolescentes con ganas de tener una historia que contar a sus amiguetes, NO, me ha visto de lejos y ha ido decidido hacia mi. Me cago en la puta, ¿tendré mala cara?... ¿tendré cara de ser un tío que va al MOUSTACHES a tomarse un Pacharán que le ha servido Rasputina?¿en qué me estoy convirtiendo joder?. Necesito un trabajo, tener buena cara, andar desgarbado. Necesito oler a duchazo recién pegado, a zumo de naranja recién exprimido, a... a... necesito oler a alguien con metas. A alguien con...
Entonces volvía a dirigir mi mirada al panfleto para acabar de leerlo.
Ambiente selecto.
Mi autoestima pasaba de cero a cien en un abrir y cerrar de ojos. Mañana volvería a pasar por alli y, qué cojones, quizá algun día me pase también por el MOUSTACHES.
Acercándome a la Plaza de España por la calle Princesa, observo a un tío bajito y rechoncho acercándose hacia mi. Llevaba su mirada clavada en mi persona desde hacia rato y sus pasos se dirigían decididos. Parecía conocerme, esquivaba a las muchas personas que a su alrededor pasaban y su objetivo ya estaba fijado: yo mismo.
De repente a este tipo parecía no importarle el resto de la gente, que chispeara o que llegara al uno sesenta por los pelos, lo único que le importaba era yo. Me alcanzaba por fin y con decisión, extendía su brazo y me ofrecía un panfleto. Lo cojo, le miro con cara de "¿nada más?" y me da las gracias con voz silbona.
Aquel no podía ser un panfleto cualquiera. Me decepcionaría profundamente si fuera de una librería o del profesor Uquelele. Entonces miré el panfleto y vi un mapa de la zona en la que me encontraba con un punto marcado en él. El punto, más allá del clásico "we are here" en rojo, era un un monigote con sombrero, bigote y unas tetas haciendo las veces de nariz o de ojos (lo cierto es que no tengo muy claro este aspecto) . Le doy la vuelta al panfleto:
MOUSTACHES
Disfrute tomando una copa,
servida por las más bellas señoritas.
En mi cabeza no hago sino visualizar cuatro ecuatorianas y tres rumanas con las tetas caídas y haciendo justicia, con la sombra de debajo de su nariz, al nombre del bar.
- Este cabrón - pensé - Este cabrón ha ido directo a por mi. No se ha parado en aquel tipo de sesenta años y cara de putero que tenía a su lado, o por ese grupo de adolescentes con ganas de tener una historia que contar a sus amiguetes, NO, me ha visto de lejos y ha ido decidido hacia mi. Me cago en la puta, ¿tendré mala cara?... ¿tendré cara de ser un tío que va al MOUSTACHES a tomarse un Pacharán que le ha servido Rasputina?¿en qué me estoy convirtiendo joder?. Necesito un trabajo, tener buena cara, andar desgarbado. Necesito oler a duchazo recién pegado, a zumo de naranja recién exprimido, a... a... necesito oler a alguien con metas. A alguien con...
Entonces volvía a dirigir mi mirada al panfleto para acabar de leerlo.
Ambiente selecto.
Mi autoestima pasaba de cero a cien en un abrir y cerrar de ojos. Mañana volvería a pasar por alli y, qué cojones, quizá algun día me pase también por el MOUSTACHES.
sábado, abril 11, 2009
En la sien
___________________________________________________________
Bebiendo de esa botella de agua me pregunto a que sabrá el infierno. Tengo dos filetes de pollo descongelándose en el microondas a cinco minutos. Le doy otro sorbo a la botella y masgullo el sabor de plástico entre mis mofletes. Pasan diez segundos y aun sigue el agua dentro de mi boca dando vueltas buscando un sentido a su existencia. Ahora no solo sabe a mierda si no que también empieza a parecer un gran escupitajo.
Suena el microondas, toco los filetes y parecen estar más congelados que antes de meterlos. Lo pongo más tiempo y empiezo a sacar ingredientes para mi ensalada: Lechuga, jamón, salsa de soja, aceitunas y aquel tarro lleno de condimentos chinos me hacen sonreir al imaginar mi cena acabada en un bol gigante. Lo cierto es que me lo estoy pasando de puta madre.
Es sábado por la noche, estoy solo en casa y me hago la cena acompañado de la voz de Pepe Domingo Castaño. Sábado, lunes o miércoles lo cierto es que toda la semana ese viene siendo un detalle poco significativo, los días pasan uno detrás de otro dándome igual que sea ayer o pasado mañana.
El otro día puse la tele y acabé en Telemadrid:
Especial Semana Santa en Madrid Directo - decían
Con la mirada perdida en la tele me preguntaba si existiría alguna frase en el mundo que con el mismo número de palabras me consiguiera ponerme los pelos tan de punta. Me ahogo en un tufo a perfume de señora mayor y entonces, detrás de toda esa gente, me recuerdo a mi mismo varios años atrás pasando la Semana Santa en Sevilla. En como pasaba horas esperanzado en conseguir ver algo entre toda esa multitud, y a lo más que alcanzaba era a alguna coronilla casposa mientras me ahogaba en channel número cinco y sudaba entre empujones y pisotones. Cuando por fin alguien me levantaba en brazos para asomarme a aquello que concentraba a toda esa gente, yo veía un muñeco moverse. Aquello me parecía como si alguien se las hubiera ingeniado para hacer la réplica más desagradable posible de la cabalgata de los reyes magos.
El agua de aquella botella sabía a Semana Santa. Era dificil escapar de ese pensamiento, pero ahi estaba yo, cortando la lechuga en trozos pequeños mientras el pollo empezaba a crujir en la sartén. Una ensalada conseguía librarme de la inmundicia más absoluta.
Acabé la cena cuando en la SER empezaban a retransmitir las noticias de las motos, momento perfecto para apagar la radio, volver a mi habitación y evadirme viendo la que sería la tercera película del día. Lo cierto es que no conozco una forma mejor de conseguir estar acompañado a pesar de... bueno, a pesar de todo esto.
Bebiendo de esa botella de agua me pregunto a que sabrá el infierno. Tengo dos filetes de pollo descongelándose en el microondas a cinco minutos. Le doy otro sorbo a la botella y masgullo el sabor de plástico entre mis mofletes. Pasan diez segundos y aun sigue el agua dentro de mi boca dando vueltas buscando un sentido a su existencia. Ahora no solo sabe a mierda si no que también empieza a parecer un gran escupitajo.
Suena el microondas, toco los filetes y parecen estar más congelados que antes de meterlos. Lo pongo más tiempo y empiezo a sacar ingredientes para mi ensalada: Lechuga, jamón, salsa de soja, aceitunas y aquel tarro lleno de condimentos chinos me hacen sonreir al imaginar mi cena acabada en un bol gigante. Lo cierto es que me lo estoy pasando de puta madre.
Es sábado por la noche, estoy solo en casa y me hago la cena acompañado de la voz de Pepe Domingo Castaño. Sábado, lunes o miércoles lo cierto es que toda la semana ese viene siendo un detalle poco significativo, los días pasan uno detrás de otro dándome igual que sea ayer o pasado mañana.
El otro día puse la tele y acabé en Telemadrid:
Especial Semana Santa en Madrid Directo - decían
Con la mirada perdida en la tele me preguntaba si existiría alguna frase en el mundo que con el mismo número de palabras me consiguiera ponerme los pelos tan de punta. Me ahogo en un tufo a perfume de señora mayor y entonces, detrás de toda esa gente, me recuerdo a mi mismo varios años atrás pasando la Semana Santa en Sevilla. En como pasaba horas esperanzado en conseguir ver algo entre toda esa multitud, y a lo más que alcanzaba era a alguna coronilla casposa mientras me ahogaba en channel número cinco y sudaba entre empujones y pisotones. Cuando por fin alguien me levantaba en brazos para asomarme a aquello que concentraba a toda esa gente, yo veía un muñeco moverse. Aquello me parecía como si alguien se las hubiera ingeniado para hacer la réplica más desagradable posible de la cabalgata de los reyes magos.
El agua de aquella botella sabía a Semana Santa. Era dificil escapar de ese pensamiento, pero ahi estaba yo, cortando la lechuga en trozos pequeños mientras el pollo empezaba a crujir en la sartén. Una ensalada conseguía librarme de la inmundicia más absoluta.
Acabé la cena cuando en la SER empezaban a retransmitir las noticias de las motos, momento perfecto para apagar la radio, volver a mi habitación y evadirme viendo la que sería la tercera película del día. Lo cierto es que no conozco una forma mejor de conseguir estar acompañado a pesar de... bueno, a pesar de todo esto.
viernes, abril 03, 2009
Redoble de batería
___________________________________________________________
- ¿En qué piso vives?
- En un Bajo
- Jo. Jo jo jo. JO!
- ¿Entonces en qué piso decías que vivías?
- (verás...) Emmm, en un bajo.
- Prfffffff. Jo JO JOOOOO!
El otro día me presentaron a un chico, al decirle que me llamaba Curro tardó poco más de dos segundos en preguntarme cuando había vuelto del Caribe. Más allá de retractarse y disculparse se me quedó fijamente mirando a la cara con una sonrisa que debería ser algo parecido a esto:
Para los que no anden familiarizados con el asunto: Curro se va al Caribe, anuncio de Halcón Viajes. Lo cierto es que yo llevo familiarizado con él desde que tenía 13 años.
Y es que algunas personas disfrutan con ese humor. Si bien al principio pongo cara de chóped acto seguido siento una terrible envidia. Pienso: si ven en esto algo gracioso, ¿cómo se lo tienen que pasar cuando vean La Vida de Brian o Aterriza Como Puedas?.
A estas personas se las ve venir, y cuando a alguien le digo que vivo en un bajo midiendo 1.92, tienen chiste para el resto de la tarde:
- ¿Curro no curras? Ah no, claro! que vives en un bajo!!
Y uno después de esto tiene que buscar una sonrisa cogida con pinzas para no parecer un antipático, cuando lo que se le viene a la cabeza es un arqueo de ceja hasta la coronilla y la cara de estar oliendo un truño.
Hoy me estaba cortando las uñas de los pies en mi habitación con la papelera debajo. Desde mi ventana puedo ver un patio que sin saber muy bien por qué suele estar muy concurrido. Hoy, una de esas uñas ha golpeado contra la ventana. Mi reacción ha sido darme un pequeño susto que se ha multiplicado por diez cuando al ver donde golpeaba la uña he visto la hucha de un obrero que parecía arreglar algo en el suelo. Después se ha dado la vuelta, nos hemos mirado a los ojos, le he saludado con la cabeza y me ha mirado con una sonrisa que debía ser algo así:
Me he despedido con la mano y a continuación he bajado la persiana. Por si acaso o yo que se.
El otro día en el metro un grupo de tres personas conversaban. Al pasar por la estación de Chueca uno de ellos replicó: Chueca... Chueca, Chuequita.
Los otros dos se rieron como si fuera la última cosa que iban a hacer antes de morir.
Mis prejuicios se disparan.
- ¿En qué piso vives?
- En un Bajo
- Jo. Jo jo jo. JO!
- ¿Entonces en qué piso decías que vivías?
- (verás...) Emmm, en un bajo.
- Prfffffff. Jo JO JOOOOO!
El otro día me presentaron a un chico, al decirle que me llamaba Curro tardó poco más de dos segundos en preguntarme cuando había vuelto del Caribe. Más allá de retractarse y disculparse se me quedó fijamente mirando a la cara con una sonrisa que debería ser algo parecido a esto:
Para los que no anden familiarizados con el asunto: Curro se va al Caribe, anuncio de Halcón Viajes. Lo cierto es que yo llevo familiarizado con él desde que tenía 13 años.Y es que algunas personas disfrutan con ese humor. Si bien al principio pongo cara de chóped acto seguido siento una terrible envidia. Pienso: si ven en esto algo gracioso, ¿cómo se lo tienen que pasar cuando vean La Vida de Brian o Aterriza Como Puedas?.
A estas personas se las ve venir, y cuando a alguien le digo que vivo en un bajo midiendo 1.92, tienen chiste para el resto de la tarde:
- ¿Curro no curras? Ah no, claro! que vives en un bajo!!
Y uno después de esto tiene que buscar una sonrisa cogida con pinzas para no parecer un antipático, cuando lo que se le viene a la cabeza es un arqueo de ceja hasta la coronilla y la cara de estar oliendo un truño.
Hoy me estaba cortando las uñas de los pies en mi habitación con la papelera debajo. Desde mi ventana puedo ver un patio que sin saber muy bien por qué suele estar muy concurrido. Hoy, una de esas uñas ha golpeado contra la ventana. Mi reacción ha sido darme un pequeño susto que se ha multiplicado por diez cuando al ver donde golpeaba la uña he visto la hucha de un obrero que parecía arreglar algo en el suelo. Después se ha dado la vuelta, nos hemos mirado a los ojos, le he saludado con la cabeza y me ha mirado con una sonrisa que debía ser algo así:
Me he despedido con la mano y a continuación he bajado la persiana. Por si acaso o yo que se.El otro día en el metro un grupo de tres personas conversaban. Al pasar por la estación de Chueca uno de ellos replicó: Chueca... Chueca, Chuequita.
Los otros dos se rieron como si fuera la última cosa que iban a hacer antes de morir.
Mis prejuicios se disparan.
jueves, marzo 26, 2009
No sería la primera vez
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Somos cinco personas en el coche. Yo en el asiento del copiloto tengo la ventanilla semiabierta.
- ¿Quereis un cigarro?
- Sí, porfi.
- Claro
- Ah sí, yo tambien
- No gracias.
En cuestión de segundos el coche parece un videoclip de Bon Jovi y la única ventilación que existe viene de al lado de mi cara. Lo que en realidad es cuatro chicas fumando en un coche, en mi cabeza es una reunión de ancianas que quedan para tomar té y pastitas mientras hablan de los abdominales de Jaime Cantizano y se rien sonrojadas tapándose la boca. Trago humo, me pican los ojos, toso y me concentro en ese hueco de la ventana que parece ser mi único aliado.
Llego al centro de prácticas un día más, me bajo del coche, miro a mi alrededor y suelto un resoplido de asco y desgana. ¿Bueno, algún lado positivo tienes que encontrar, no? Claro, lo positivo es que dentro de tres horas estaré en casa y le cogeré aun más aprecio a encerrarme en mi habitación tumbado en la cama mirando al techo y escuchando cualquier cosa.
Casos en los que después de poner un folio lleno de operaciones me lo arrugan y me lo tiran a la cara, que me miran con cara de asco diciéndome "déjame en paz" por la única razón de ser un "hombre español", que llegándome al ombligo me miran desafiantes como pidiendo pelea porque les estoy suplicando que se callen, y todo envuelto en un contexto de gritos y voces nasales que hacen excepcionales los días en los que salgo de allí sin frotarme los ojos del dolor de cabeza que tengo o resoplando por asco y desgana.
Otra vez en un coche de vuelta quince minutos metido sin ganas de hablar y sin posibilidad de hacerlo cuando las encuentro. Toso, humo, asco. Me dejan en una parada de metro a una hora de mi casa, Sierra de Guadalupe. Porque sí, porque ese sitio existe a pesar de que cuando alguna vez lo vemos en el plano de metro a tomar por culo creemos que esto no es posible.
Nada es tan grave como lo pinto, soy consciente, pero me convierto en una persona con prejuicios sin querer serlo y consigo que lo bueno sea normal, y lo normal sea una mierda. En lo que se quedaría lo que es una mierda prefiero no pensarlo. Me desahogo con estas lineas en un sábado nublado. Quizá sea eso.
Somos cinco personas en el coche. Yo en el asiento del copiloto tengo la ventanilla semiabierta.
- ¿Quereis un cigarro?
- Sí, porfi.
- Claro
- Ah sí, yo tambien
- No gracias.
En cuestión de segundos el coche parece un videoclip de Bon Jovi y la única ventilación que existe viene de al lado de mi cara. Lo que en realidad es cuatro chicas fumando en un coche, en mi cabeza es una reunión de ancianas que quedan para tomar té y pastitas mientras hablan de los abdominales de Jaime Cantizano y se rien sonrojadas tapándose la boca. Trago humo, me pican los ojos, toso y me concentro en ese hueco de la ventana que parece ser mi único aliado.
Llego al centro de prácticas un día más, me bajo del coche, miro a mi alrededor y suelto un resoplido de asco y desgana. ¿Bueno, algún lado positivo tienes que encontrar, no? Claro, lo positivo es que dentro de tres horas estaré en casa y le cogeré aun más aprecio a encerrarme en mi habitación tumbado en la cama mirando al techo y escuchando cualquier cosa.
Casos en los que después de poner un folio lleno de operaciones me lo arrugan y me lo tiran a la cara, que me miran con cara de asco diciéndome "déjame en paz" por la única razón de ser un "hombre español", que llegándome al ombligo me miran desafiantes como pidiendo pelea porque les estoy suplicando que se callen, y todo envuelto en un contexto de gritos y voces nasales que hacen excepcionales los días en los que salgo de allí sin frotarme los ojos del dolor de cabeza que tengo o resoplando por asco y desgana.
Otra vez en un coche de vuelta quince minutos metido sin ganas de hablar y sin posibilidad de hacerlo cuando las encuentro. Toso, humo, asco. Me dejan en una parada de metro a una hora de mi casa, Sierra de Guadalupe. Porque sí, porque ese sitio existe a pesar de que cuando alguna vez lo vemos en el plano de metro a tomar por culo creemos que esto no es posible.
Nada es tan grave como lo pinto, soy consciente, pero me convierto en una persona con prejuicios sin querer serlo y consigo que lo bueno sea normal, y lo normal sea una mierda. En lo que se quedaría lo que es una mierda prefiero no pensarlo. Me desahogo con estas lineas en un sábado nublado. Quizá sea eso.
lunes, marzo 23, 2009
Monday Bloody Monday
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Creo que sólo hay una cosa peor que dormir mal, esto es dormir mal y poco.
Tras cuatro horas de sueño un taladro suena encima de mi cabeza. Siento que en cualquier momento me va a caer un obrero encima. Cuando el taladro se toma un descanso, de fondo se oye a mi padre pasar la aspiradora en el salón, es entonces cuando entiendo que aunque sean las nueve y media de la mañana me tengo que despertar.
Unas horas después he de salir de casa y mis ojos aun estan vagos. Tengo que achinar toda la expresión de mi cara incluso con la pantalla de mi ordenador y pienso que o salgo con unas gafas de sol o con los ojos cerrados. No hay más opciones. Recuerdo entonces que justo el día anterior mi madre me ofrecía esas gafas de sol que no se sabía muy bien si eran de hombre o mujer, pero que eran Ray Ban. Suficiente. Le pido las gafas de sol a mi madre, me las pruebo, me miro al espejo y las sospechas de lo que la montura ofrecía se completan cuando el reflejo me devuelve la imagen de un tío parecido a Serafín Zubiri. Por si fuera poco le pregunto a mi madre que tal me quedan y ella me responde: ¿A ver? Bueeeno, sí, te estan bien. O lo que en palabras de mi madre viene a significar un: Mira hijo, te quiero, pero parece que llevas una comadreja muerta en los ojos. Me vuelvo a mirar en el espejo.
Béh, estas mismas.
Salgo de casa con las gafas de sol puestas, me cruzo con una persona y no me mira raro, me miro en el oscuro reflejo de la ventanilla de un coche y me lo empiezo a tomar algo mejor. Me sigue dando bastante igual.
Ya en el metro sin las gafas de sol entran en una sola parada un grupo de quince adolescentes con bolsas del ABC, panfletos y trípticos que acabaran tirados en cualquier papelera cercana. El aumento proporcional de braquets y granos pajeros que ocurre entre una parada y otra resulta casi absurdo. Miro a uno de ellos y tras unos segundos sin aclararme, le miro las tetas para saber a que género pertenece. Sigo sin salir de dudas y con esa duda me moriré hasta que me muera. Creo que mis gafas de sol serían perfectas para él. ¿O para ella?
Cambio de vagón, me siento y lo único que veo a mi alrededor es gente. Y cuando digo gente me refiero a gente fea. Y cuando digo gente fea me refiero a gente muy fea. A falta de un amigo con el que comentar la jugada me pregunto a mi mismo: En caso de que se extinguiera la raza humana y los únicos supervivientes fueran las personas que están en este vagón, ¿a quién elegirías para salvarla?. Tras un rato largo mirando a mi alrededor con cara de escroto acabo pensando que la supervivencia de la raza humana está sobrevalorada.
Salgo del metro, me vuelvo a poner las gafas de sol. Pienso seriamente en preguntarle a la gente con la que he quedado por cómo me quedan las gafas. En como hacer la pregunta está la duda: ¿Qué tal me quedan? ¿Os gustan? ¿A que son feas de cojones?. Nunca lo pregunté.
En la calle veo a una mujer con un tatuaje en el brazo de un corazón con alas y el nombre de Luis en verdana en el medio. Agito la cabeza para mi mismo en señal de desaprobación. Minutos después, parado en un semáforo, a la chica que tengo delante se le levanta un poco la camiseta y deja entrever en su espalda un tatuaje de un nombre: Cristian. Agito la cabeza para mí mismo en señal de desaprobación. Otros cuantos minutos más tarde me cruzo con un tío que anda arqueando mucho los brazos. Me mira, me da un repaso de arriba abajo y me hace morritos. Agito la cabeza para mi mismo en señal de desaprobación. Entonces recuerdo la reacción de mi madre ante las gafas, al adolescente andrógino y al reflejo de la primera vez que me miré al espejo y pienso que no debería ponerme esas gafas jamás.
Llego antes al lugar donde había quedado. Me sobra tiempo y decido ir a un parque a tomar el sol. Estoy en el parque de las siete tetas, en Buenos Aires. Me encanta ese sitio. Hoy, estando subido en un de los montículos viendo Madrid debajo de mí he pensado para mí mismo: Mola... parece que el mundo está debajo de mis pies. Me parecía una idea agradable hasta que he sentido que la frase podía ser alguno de los tatuajes que lleva 50 Cent en su espalda. Entonces me he acordado de el corazón con alas. Me he acordado de Luis. Me he acordado de Cristian. Me he acordado de mis gafas de sol, y me he ido cabizbajo.
Y así es como ha ido uno de los lunes con peor pinta que recuerdo.
Creo que sólo hay una cosa peor que dormir mal, esto es dormir mal y poco.
Tras cuatro horas de sueño un taladro suena encima de mi cabeza. Siento que en cualquier momento me va a caer un obrero encima. Cuando el taladro se toma un descanso, de fondo se oye a mi padre pasar la aspiradora en el salón, es entonces cuando entiendo que aunque sean las nueve y media de la mañana me tengo que despertar.
Unas horas después he de salir de casa y mis ojos aun estan vagos. Tengo que achinar toda la expresión de mi cara incluso con la pantalla de mi ordenador y pienso que o salgo con unas gafas de sol o con los ojos cerrados. No hay más opciones. Recuerdo entonces que justo el día anterior mi madre me ofrecía esas gafas de sol que no se sabía muy bien si eran de hombre o mujer, pero que eran Ray Ban. Suficiente. Le pido las gafas de sol a mi madre, me las pruebo, me miro al espejo y las sospechas de lo que la montura ofrecía se completan cuando el reflejo me devuelve la imagen de un tío parecido a Serafín Zubiri. Por si fuera poco le pregunto a mi madre que tal me quedan y ella me responde: ¿A ver? Bueeeno, sí, te estan bien. O lo que en palabras de mi madre viene a significar un: Mira hijo, te quiero, pero parece que llevas una comadreja muerta en los ojos. Me vuelvo a mirar en el espejo.
Béh, estas mismas.
Salgo de casa con las gafas de sol puestas, me cruzo con una persona y no me mira raro, me miro en el oscuro reflejo de la ventanilla de un coche y me lo empiezo a tomar algo mejor. Me sigue dando bastante igual.
Ya en el metro sin las gafas de sol entran en una sola parada un grupo de quince adolescentes con bolsas del ABC, panfletos y trípticos que acabaran tirados en cualquier papelera cercana. El aumento proporcional de braquets y granos pajeros que ocurre entre una parada y otra resulta casi absurdo. Miro a uno de ellos y tras unos segundos sin aclararme, le miro las tetas para saber a que género pertenece. Sigo sin salir de dudas y con esa duda me moriré hasta que me muera. Creo que mis gafas de sol serían perfectas para él. ¿O para ella?
Cambio de vagón, me siento y lo único que veo a mi alrededor es gente. Y cuando digo gente me refiero a gente fea. Y cuando digo gente fea me refiero a gente muy fea. A falta de un amigo con el que comentar la jugada me pregunto a mi mismo: En caso de que se extinguiera la raza humana y los únicos supervivientes fueran las personas que están en este vagón, ¿a quién elegirías para salvarla?. Tras un rato largo mirando a mi alrededor con cara de escroto acabo pensando que la supervivencia de la raza humana está sobrevalorada.
Salgo del metro, me vuelvo a poner las gafas de sol. Pienso seriamente en preguntarle a la gente con la que he quedado por cómo me quedan las gafas. En como hacer la pregunta está la duda: ¿Qué tal me quedan? ¿Os gustan? ¿A que son feas de cojones?. Nunca lo pregunté.
En la calle veo a una mujer con un tatuaje en el brazo de un corazón con alas y el nombre de Luis en verdana en el medio. Agito la cabeza para mi mismo en señal de desaprobación. Minutos después, parado en un semáforo, a la chica que tengo delante se le levanta un poco la camiseta y deja entrever en su espalda un tatuaje de un nombre: Cristian. Agito la cabeza para mí mismo en señal de desaprobación. Otros cuantos minutos más tarde me cruzo con un tío que anda arqueando mucho los brazos. Me mira, me da un repaso de arriba abajo y me hace morritos. Agito la cabeza para mi mismo en señal de desaprobación. Entonces recuerdo la reacción de mi madre ante las gafas, al adolescente andrógino y al reflejo de la primera vez que me miré al espejo y pienso que no debería ponerme esas gafas jamás.
Llego antes al lugar donde había quedado. Me sobra tiempo y decido ir a un parque a tomar el sol. Estoy en el parque de las siete tetas, en Buenos Aires. Me encanta ese sitio. Hoy, estando subido en un de los montículos viendo Madrid debajo de mí he pensado para mí mismo: Mola... parece que el mundo está debajo de mis pies. Me parecía una idea agradable hasta que he sentido que la frase podía ser alguno de los tatuajes que lleva 50 Cent en su espalda. Entonces me he acordado de el corazón con alas. Me he acordado de Luis. Me he acordado de Cristian. Me he acordado de mis gafas de sol, y me he ido cabizbajo.
Y así es como ha ido uno de los lunes con peor pinta que recuerdo.
lunes, marzo 16, 2009
Correlaciones
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Llego a la cocina con poca hambre pero con la necesidad de tener que cenar a pesar de ello. Hoy he comido macarrones y un bocadillo de filete de pollo. Cuando abro la nevera veo una olla gigante de macarrones con tomate y trozos de carne que resultan ser pollo. ¿Por qué no?.
Abro el cajón de los cubiertos y descubro que este está casi vacío. Veo una cuchara sopera y un tenedor diminuto. Tras un par de segundos decidiendo me decanto por la cuchara sopera para comer esos macarrones. Cogería un rastrillo de la playa con tal de no tener que fregar. Cojo unos cuantos macarrones de la olla y veo que estan fríos como un témpano. Abro el armario de los platos y lo único que consigo ver son dos platos gigantes y dos diminutos. ¿Qué capacidad tiene el puto lavavajillas?.
Minuto y medio en el microondas es suficiente para calentar el plato. Llevo mucho sin escribir, escribe sobre... esto. Macarrones con pollo en un plato gigante y una cuchara sopera hacen de mi cena algo que contar. Pongo la radio, suena radio Marca y una locutora cuenta el problema de una chica:
Mi novio y yo nos fuimos un fin de semana a mi pueblo. Allí le presenté a mis padres. Todo iba estupendamente cuando una tarde, accidentalmente, entré al cuarto de baño y allí me lo encontré, sentado en el váter con su cosa en la mano. ¿Creeis que debería cortar con él?
Con la última pregunta, casi dejo escapar un macarrón por la nariz tras la carcajada. Sigo comiendo mareando los macarrones en el plato gigante con la cuchara, me doy cuenta en que no tengo hambre y pienso por qué. Oh joder, esa bolsa de revuelto de frutos secos.
El otro día vi un anuncio en el que salía alguien vomitando de forma bastante explicita, también vi a un jubilado con un chándal rosa y unas chanclas con calcetines mientras en sus manos lucía unos cuantos anillos dorados. De la misma forma veo que en las bolsas de revueltos de frutos secos me encuentro con pipas y garbanzos. En todos estos casos una pregunta asoma. Esta es: ¿Pero qué cojones se le pasa a alguien por la cabeza para creer que eso es una buena idea?
Los garbanzos porque apestan, las pipas por impedirte meter todo el puñao que has cogido de un tirón a la boca y tener que ir apartando el resto de los frutos secos mientra las pipas se te van colando entre los dedos cada vez más sudados y pringosos y... puta mierda.
Sea como sea no solo me acabo los macarrones sino que además me quedo con ganas de un postre. Creo que un yogur sería perfecto. Abro la nevera, cojo el yogur. Abro el cajón de los cubiertos.
Ya en mi habitación, remuevo el yogur con el tenedor pequeño. Aquello parece una idea horrible, pero lo cierto es que el yogur está buenísimo y he conseguido escaquearme de fregar. Termino con él, rebañar el fondo nunca fue tan complicado. El último tiento se acercaba a mi boca cuando del tenedor cayó un pegote de yogur justo a la altura del paquete. De forma automática una conversación saltaba en mi cabeza.
Mamá: Hijo... te has manchado ahí
Yo: Ya bueno... es yogur
Supongo que la conclusión a la que llegaría después de todo este parrafazo tonto con el que retomo el blog después de tres semanas es que, de alguna forma extraña, es posible que la razón de echar unos pantalones a lavar sea que a uno no le apetece fregar un solo cubierto.
Llego a la cocina con poca hambre pero con la necesidad de tener que cenar a pesar de ello. Hoy he comido macarrones y un bocadillo de filete de pollo. Cuando abro la nevera veo una olla gigante de macarrones con tomate y trozos de carne que resultan ser pollo. ¿Por qué no?.
Abro el cajón de los cubiertos y descubro que este está casi vacío. Veo una cuchara sopera y un tenedor diminuto. Tras un par de segundos decidiendo me decanto por la cuchara sopera para comer esos macarrones. Cogería un rastrillo de la playa con tal de no tener que fregar. Cojo unos cuantos macarrones de la olla y veo que estan fríos como un témpano. Abro el armario de los platos y lo único que consigo ver son dos platos gigantes y dos diminutos. ¿Qué capacidad tiene el puto lavavajillas?.
Minuto y medio en el microondas es suficiente para calentar el plato. Llevo mucho sin escribir, escribe sobre... esto. Macarrones con pollo en un plato gigante y una cuchara sopera hacen de mi cena algo que contar. Pongo la radio, suena radio Marca y una locutora cuenta el problema de una chica:
Mi novio y yo nos fuimos un fin de semana a mi pueblo. Allí le presenté a mis padres. Todo iba estupendamente cuando una tarde, accidentalmente, entré al cuarto de baño y allí me lo encontré, sentado en el váter con su cosa en la mano. ¿Creeis que debería cortar con él?
Con la última pregunta, casi dejo escapar un macarrón por la nariz tras la carcajada. Sigo comiendo mareando los macarrones en el plato gigante con la cuchara, me doy cuenta en que no tengo hambre y pienso por qué. Oh joder, esa bolsa de revuelto de frutos secos.
El otro día vi un anuncio en el que salía alguien vomitando de forma bastante explicita, también vi a un jubilado con un chándal rosa y unas chanclas con calcetines mientras en sus manos lucía unos cuantos anillos dorados. De la misma forma veo que en las bolsas de revueltos de frutos secos me encuentro con pipas y garbanzos. En todos estos casos una pregunta asoma. Esta es: ¿Pero qué cojones se le pasa a alguien por la cabeza para creer que eso es una buena idea?
Los garbanzos porque apestan, las pipas por impedirte meter todo el puñao que has cogido de un tirón a la boca y tener que ir apartando el resto de los frutos secos mientra las pipas se te van colando entre los dedos cada vez más sudados y pringosos y... puta mierda.
Sea como sea no solo me acabo los macarrones sino que además me quedo con ganas de un postre. Creo que un yogur sería perfecto. Abro la nevera, cojo el yogur. Abro el cajón de los cubiertos.
Ya en mi habitación, remuevo el yogur con el tenedor pequeño. Aquello parece una idea horrible, pero lo cierto es que el yogur está buenísimo y he conseguido escaquearme de fregar. Termino con él, rebañar el fondo nunca fue tan complicado. El último tiento se acercaba a mi boca cuando del tenedor cayó un pegote de yogur justo a la altura del paquete. De forma automática una conversación saltaba en mi cabeza.
Mamá: Hijo... te has manchado ahí
Yo: Ya bueno... es yogur
Supongo que la conclusión a la que llegaría después de todo este parrafazo tonto con el que retomo el blog después de tres semanas es que, de alguna forma extraña, es posible que la razón de echar unos pantalones a lavar sea que a uno no le apetece fregar un solo cubierto.
jueves, febrero 19, 2009
Sobre como viví las consecuencias
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Trazo una linea en mi cabeza desde el punto que me encuentro de Madrid, hasta el otro lado del planeta tierra. Imagino esa linea saliendo en algun punto perdido del Pacífico. Quizá alguna isla pequeñaja que no se sabe a quien pertenece.
Con la cabeza apoyada en la barra de al lado pienso en como odio esa escena tan previsible de una serie o película. Esa en la que el protagonista abraza a la chica a la que está dando largas mientras que la chica que realmente le gusta les pilla in fraganti:
- ¡Darlyn! ¡¡Darlyn!! Espera... ¡PUEDO EXPLICARLO!
- ¡¡Déjame Richard!! Sigues siendo igual que siempre.Te... ¡TE ODIO! - dice Darlyn corriendo entre llantos
- Pero... Pero... ¡DARLYNNN! Espera... ¡¡VUELVE!!
Que pesaos de los cojones.
Mi pensamiento se corta. Me rasco el lugar de la frente que estaba apoyando en la barra y me sigo acordando de cosas que me incomodan: ¿Por qué no consigo echarme el primer vaso de leche cuando estreno el cartón sin derramar algo? ¿Acaso recorto el agujero en un sitio indebido? ¿Acaso el cartón está demasiado lleno y debería estar a la mitad en formato bolsa de Matutano? ¿Por qué odio tanto coger el trapo mojado para limpiar ese resto de leche que se ha caido? ¿Es porque lo considero demasiado mojado para limpiar eso, pero uno seco me parece demasiado seco para lo propio?
El próximo día lo limpio con una servilleta.
Llegado a esta conclusión alcanzo una tranquilidad absurda.
El efecto mariposa: el aleteo de una mariposa en China provoca un tornado en Texas
Levanto la cabeza, un chico está intentando cederle el asiento a una mujer presuntamente embarazada que asegura no necesitarlo. El chico insiste. Ella lleva los zapatos más horribles que jamás una persona haya podido hacer. Una mujer gitana del asiento de al lado se levanta con dos bolsas de la compra grandes como cuatro barrigas de la presunta embarazada. La embarazada y el chico discuten, la gitana quiere pasar a través de ellos. No puede. El metro da un frenazo en seco que hace que los tres pierdan la estabilidad de una forma más que cómica. Agitan los brazos. A la gitana se le cae un melcotón de una de las bolsas, lo coge del suelo mientras le grita a la puerta abierta: Espera!!!! Esperaaa!!!!
Hace tiempo, en algun punto del Pacífico o de alguna isla pequeñaja que no se sabe muy bien a quien pertenece, una mariposa ha dado un par de aleteos. Y esta es la historia sobre como yo viví las consecuencias.
Con la cabeza apoyada en la barra de al lado pienso en como odio esa escena tan previsible de una serie o película. Esa en la que el protagonista abraza a la chica a la que está dando largas mientras que la chica que realmente le gusta les pilla in fraganti:
- ¡Darlyn! ¡¡Darlyn!! Espera... ¡PUEDO EXPLICARLO!
- ¡¡Déjame Richard!! Sigues siendo igual que siempre.Te... ¡TE ODIO! - dice Darlyn corriendo entre llantos
- Pero... Pero... ¡DARLYNNN! Espera... ¡¡VUELVE!!
Que pesaos de los cojones.
Mi pensamiento se corta. Me rasco el lugar de la frente que estaba apoyando en la barra y me sigo acordando de cosas que me incomodan: ¿Por qué no consigo echarme el primer vaso de leche cuando estreno el cartón sin derramar algo? ¿Acaso recorto el agujero en un sitio indebido? ¿Acaso el cartón está demasiado lleno y debería estar a la mitad en formato bolsa de Matutano? ¿Por qué odio tanto coger el trapo mojado para limpiar ese resto de leche que se ha caido? ¿Es porque lo considero demasiado mojado para limpiar eso, pero uno seco me parece demasiado seco para lo propio?
El próximo día lo limpio con una servilleta.
Llegado a esta conclusión alcanzo una tranquilidad absurda.
El efecto mariposa: el aleteo de una mariposa en China provoca un tornado en Texas
Levanto la cabeza, un chico está intentando cederle el asiento a una mujer presuntamente embarazada que asegura no necesitarlo. El chico insiste. Ella lleva los zapatos más horribles que jamás una persona haya podido hacer. Una mujer gitana del asiento de al lado se levanta con dos bolsas de la compra grandes como cuatro barrigas de la presunta embarazada. La embarazada y el chico discuten, la gitana quiere pasar a través de ellos. No puede. El metro da un frenazo en seco que hace que los tres pierdan la estabilidad de una forma más que cómica. Agitan los brazos. A la gitana se le cae un melcotón de una de las bolsas, lo coge del suelo mientras le grita a la puerta abierta: Espera!!!! Esperaaa!!!!
Hace tiempo, en algun punto del Pacífico o de alguna isla pequeñaja que no se sabe muy bien a quien pertenece, una mariposa ha dado un par de aleteos. Y esta es la historia sobre como yo viví las consecuencias.
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