Estábamos a punto de volver de las vacaciones, el trayecto sería Matalascañas – Sevilla. Una hora en coche nos esperaba por delante la cual parecía más larga de lo que en realidad era, debido a que en los tres meses que estuvimos allí no habíamos montado en un coche durante más de diez minutos seguidos.
Mi madre llevaba ya un buen rato sin parar de moverse de un lado para otro de la casa. Siempre se pone especialmente nerviosa y de mala leche en los momentos previos a un viaje y una de estas consecuencias es tener que revisarlo todo quince mil veces para comprobar que está en orden.
En una de esas ochocientas vueltas que dio se encontró con mi abuela de pie en medio del salón, ya llevaba así un buen rato y no parecía que tuviera intención de sentarse. Al verla mi madre, con un tono mas de petición que de queja, le dijo algo así como “¡Ay! ¿Por qué no te sientas?, ya llevas de pie un buen rato…” a lo que mi abuela respondió, “Hija, voy a estar una hora entera sentada sin casi poder moverme, deja que me canse de estar de pie hasta que entremos al coche…”
No puedo explicar muy bien por qué la respuesta de mi abuela me pareció lo más sensato que había oído en muchísimo tiempo. Hoy por hoy, cada vez que voy a clase en transporte público y me toca estar de pie porque todos los asientos están ocupados, recuerdo las palabras de mi abuela y me animo a mi mismo recordando que será mucho mejor coger asiento cuando me haya cansado de estar de pie.
Una vez entramos al coche en ese mismo viaje, pude ver a mi abuela mirando al cielo. Cuando dejó de mirar me dijo que el cielo estaba enladrillado. Miré entonces al cielo esperando que, por sus palabras, el cielo estuviera nublado y con una tormenta próxima a nosotros.
Cuando mire hacia arriba lo que pude ver fue algo así:

Volvía ayer de ver el partido de fútbol con alguna cerveza que otra de más, me bajé del autobús ya en mi barrio y de repente noté como una gota de agua del tamaño de pelota de golf caía sobre mi espalda. “¿Quien me ha escupido?”, pensó el borracho que relata la historia. Antes de que pudiera caer en la cuenta de la tontería que acababa de pensar, otras dos gotas de agua cayeron sobre mí. Saqué el lado racional que llevaba dentro y miré al cielo pensando que aquello que caía quizá no eran escupitajos, sino que probablemente fueran gotas de lluvia. Así era. El cielo estaba totalmente encapotado, y apareció el olor tan característico a asfalto mojado que precede a la tormenta.
“Bueno, menos mal que ya estoy llegando”, pensé. Justo entonces, en el horizonte, el cielo durante dos segundos se volvió completamente morado y un rayo enorme atravesaba ese increíble flash. Al no tener a nadie a mi lado al que poder dar un codazo y decir “joder, ¿has visto eso?”, no pude hacer otra cosa que llevarme las manos a la cabeza y gritar: “¡JODER!”
Empezaba a llover entonces con mucha fuerza, ya veía el portal de mi casa al fondo, pero esperé de pie mojándome como un cabrón, a ver si conseguía ver otra vez aquel increíble relámpago.
Volvió a suceder, con menos fuerza que la anterior vez. La lluvia sin embargo caía muy fuerte por lo que me hice los pocos metros que me quedaban hasta casa corriendo…
Y me acordé. Me acordé de lo increíblemente enladrillado que me parecía que estaba el cielo y me dí cuenta de que la mejor forma de mantener vivas a las personas, es recordándolas.
Suena: Eyes Of Fire – Dead to the World