___________________________________________________________
Imagina un ceño fruncido, unas mejillas arrugadas, una facción comprimida. Imagina que consigues empatizar tanto con algo que lees, que lo sientes más real que si te pasara de verdad. Imagina que, yendo en el metro, ves la cara de un tío con barba al que le sobra mucha pierna en el asiento, levantar la mirada del libro que leía para arrugar la cara al máximo y lanzar un suspiro de dolor al techo:
En los años cincuenta, una de las marcas más importantes de aspiradoras probó una pequeña mejora en su diseño. Añadió una helice, unas aspas afiladas como cuchillas acopladas a unos cuantos centímetros en el interior de una manguera de la aspiradora. El aire al entrar hacía girar la hélice y la cuchilla cortaba todas las hilachas, cordeles o pelos de animales domésticos que pudieran obturar la manguera.
Al menos ese era el plan.
Lo que pasó es que muchos de estos hombres acabaron en la sala de urgencia del hospital con la polla destrozada.
Y levantando la mirada del libro, arrugé la cara al máximo y lanzé un grito de dolor al techo.
Al menos ese era el mito.
Y seguí leyendo ese libro que me atrapó desde la primera página. Uno de esos libros que me hacían atender no a las paradas que quedaban para llegar, sino a las paradas que quedaban para dejar de leer. "Asfixia" de Chuck Palahnuik, recomendadísimo.
Un asiento libre a mi lado hacía preguntarme quien se sentaría allí. La respuesta llegó pronto cuando una obesa con gabardina que se caricaturizaba a sí misma, se acercaba a camara lenta y se sentaba a mi lado desbordando uno de sus enormes muslos encima del mío por el cual dejaría de correr la sangre en pocos segundos.
Llevaba en sus manos una bolsa de patatas fritas artesanales dentro de una bolsa de plástico que a su vez iban dentro de una bolsa de cartón. Masticaba con la boca abierta; lo sabía el que estaba enfrente suyo, lo sabía yo y lo sabía hasta el conductor del metro. Sus dedos se volvían brillantes por momentos por la grasa de las patatas, y relamérselos no hacía más que volverlos más y más brillantes. Unas seis paradas después y con mi pierna engangrenada, no había sino leído dos párrafos. La capacidad de atención cuando oyes el crujir de unas patatas fritas a pocos centímetros de tu cara, las cuales provienen de unos dedos grasientos, los cuales provienen de una pierna que te aplasta, se dividen entre... yo que sé, entre mucho.
Entonces se levantaba respirando fuerte, otra vez a cámara lenta, y haciéndome suspirar salía por la puerta entrando en su lugar una rubia de uno ochenta que llamó la atención de todo el vagón y que, contagiada por la cámara lenta de la obesa que acababa de salir, agitaba el pelo contra el viento haciendo de aquella escena un... Ah no, ah no, ah no, perdón! En lugar de la obesa entro otra obesa, mucho más obesa.
La camara lenta, eso sí, seguía ahí impasible para el destinatario del asiento que iba a estar a mi lado.
Tranquila, tranquila. Ya no queda nada - le decía a mi pierna agitándola y dándole puñetazos para que despertara.
Y como si coger un sitio fuera la última cosa que iba a hacer antes de morir - casi la podías sentir buscando un asiento incluso olfateando en el aire - vino corriendo hacia el asiento contiguo balanceando sus enormes tetas y restregando su culo contra mi cara para coger el periódico gratuito que había en el suelo. Todo a cámara lenta. Si las piernas pudieran llorar la mía se habría ahogado en lágrimas.
Callao.
Llegué casi a la pata coja habiendo leído poco, o mejor dicho, habiendo leído muchas veces los mismos párrafos sin alcanzar a atender que cojones decían.
Llego a Moncloa y cojo un autobús que alcanzo corriendo alégrandome por saber que mi pierna se había recuperado del incidente del metro. Me siento en uno de asientos de minusválidos y pienso que al menos en ese asiento, mis piernas no sufrirían otra asfixia ya que el asiendo de al lado estaba a una distancia relativamente lejana.
De puta madre - pensaba mientras estiraba las piernas y casi con ganas de ponerme las manos en la nuca mientras lo hacía.
Entonces, en el aire, lo volví a sentir. Se palpaba. Oh mierda, otra vez élla: la puta cámara lenta.
Las puertas se habían casi cerrado cuando se volvieron a abrir para dejar paso a un hombre que había llegado a duras penas, corriendo con un paraguas en la mano y gritando: ESPEREEE, ESPEREEEE.
Su peso debía rondar los 150 kilos.
Una gota de sudor cayó por mi frente y el corazón me latía como si acabara de correr la clásica de Alcobendas. Miré a mi alrededor y, efectivamente, no había más sitios que aquel que estaba a mi lado.
Mis piernas temblaban. El hombre se acercaba con el autobús aun parado.
Llevaba una camisa de cuadros metida por dentro de su pantalón marrón que sobrepasaba de largo su ombligo y, en mi cabeza, tenía la sensación de que había olvidado en su casa un cinturón hecho exclusivamente con un cordel desilachado color marrón claro.
Ya en linea con el asiento de mi lado y notando en sí mismo la inestabilidad más absoluta, arrancó el autobús. O lo que en inglés lo expresaría como un:
You have to be kidding me!
150 kilos de persona humana caían encima de mis dos piernas y esta vez las que tenían ganas de llorar no eran ellas, sino yo en todo mi ser y en todas mis circunstancias.
- Perdona - dijo
- Nn... nnnna, NADA - respondí
Después tres clases y un camión de donantes de sangre al que accedí antes de irme a casa. Ya sabes (CODAZO CODAZO) - Por el boggaata y la goagola, Jujujuju.
Mi sufrimiento acaba en casa cuando de un tirón arranco el trozo de esparadrapo que el enfermero ha tenido a bien ponerme alrededor del brazo, dejándome de esta forma una simpática marca de no pelo en donde antes había pegamento.
- No es mucho esparadrapo?
- Bueeeeeeno, Buéeehjjjjjjggggg! Esto con un poco de agua caliente ni lo notas.
Qué hijo de puta.
Cotidianeidad
Hace 7 horas


